ZOOFILIA
La crueldad infantil es inversamente proporcional a la atracción por el mundo animal con la que nacemos.
Desde muy pequeño estuve rodeado de bichos, y lo mismo pasaba las horas abstraído en sus características y modo de vida que los aniquilaba con total frialdad.
Ya conté en ¿Dónde están los zapateros? las barbaridades que les hacía a las libélulas que poblaban los jardines estivales, y no por ello dejaba de admirarlas con verdadera pasión.
Con las hormigas, saltamontes, lombrices, reptiles, peces o mariposas me ocurre otro tanto, y alguna salvajada inconfesable —que me gustaría olvidar— llevé a cabo contra algún minino que se cruzó en mi camino.
Después de un invierno tan lluvioso, los bichos larvarios han proliferado. El otro día en la piscina, el césped aparecía tan repleto de libélulas de todos los tamaños y colores como no recordaba desde la infancia.
De aquellos crímenes y maldades me arrepiento, menos del exterminio de las cucarachas. Son como los roedores: cuanto más cerca de nosotros viven, más repulsión generan. No hay nada que me atraiga de ellas y mira que se parecen a los grillos y a los escarabajos, que me encantan y cojo con la mano si me los encuentro por ahí. Pero los animalitos que entran en casa a hurtadillas, para alimentarse de nuestras sobras, son los que más detesto. Yo y todo quisque, salvo alguna excepción friqui o como pasaba con Diana de la mítica serie V, que sentía predilección por las ratas crudas.
Volviendo a las cuquis; se les han metido en la casa de la playa a unos amigos. Están como locos con su nueva propiedad. Le han dedicado muchos esfuerzos y todo su amor. Un sueño hecho realidad en el que, desde que la estrenaron tras una importante reforma, no dejan de aparecer por todos lados. Mientras escribo, me imagino el ruido de sus quitinosas patas correteando sobre la tarima flotante de mi dormitorio.
¡¡Cuánto repelús!!
Mis amigos han probado varios tratamientos, pero se han hecho fuertes y parece que se han metido en las cámaras de aire de las paredes o que algún desagüe tapado ha quedado al descubierto durante la obra, y no hay forma.
Están desesperados y no es para menos. ¿Te imaginas?
Cuando coincidimos, tratan de quitarle hierro al asunto y nos reímos con las anécdotas, de las peleas con el contratista y por la fobia que les ha generado.
Al menos ellos lo cuentan, se lo toman con filosofía y le han puesto remedio, no como cuando algunas madres —por vergüenza— se callaban y mandaban al colegio a los niños cargados de piojos, y así era imposible no contagiarse.
«Mis hijos no tienen piojos y en mi casa no entran cucarachas».
¡No ni na!
¿Te pica el cuerpo?
