LA CIUDAD Y EL TIEMPO (II)
En Bilbao he sentido la pulsión de la sangre y el encuentro con un pasado de oídas que se me había resistido. Buscamos la casa, en la calle Iturribide, en la que vivió mi padre sus primeros años. Nos la recorrimos de pe a pa hasta el ascensor urbano, que era la referencia que me había dado mi hermana mayor. No supimos identificar el edificio o quizá ya ni exista, aunque anduvimos un buen rato entre ambas aceras: escudriñando cada balcón, cada portal, alguna señal que nos llevase a lo que buscábamos sin apenas referencias.
Y en ese rastreo infructuoso hallamos la respuesta: Iturribide es un toponímico que significa camino de la fuente. No necesitábamos encontrar nada, ya estábamos en el sendero de mi origen. Y lo sentí con fuerza.
Esta calle es muy larga y concurrida. Realmente no pensábamos visitarla en ese momento. Después de comer me dominó la modorra y necesitaba descansar un rato en el hotel, aunque el GPS, por un error o una casualidad, nos llevó hasta ella.
A mitad de camino me entraron ganas de ir al baño y accedí a un bar repleto de hombres jóvenes que debían de estar celebrando algo. A la altura del aseo, uno de ellos me increpó que qué hacía allí, que aquello era una reunión privada. Le contesté que había pedido permiso en la puerta, y, de peores formas, me indicó que eso solo lo podía autorizar el dueño que estaba en la barra. Por un momento sentí que me estaba metiendo en un lío, pero fui obediente y solicité de nuevo permiso para mear. No podía más. Al salir, no eran pocas las miradas que se clavaron en mí. Les regalé a cada una de ellas una enorme sonrisa y con paso firme salí muy despacito a la calle.
Gus ya había simpatizado con uno de los miembros de la cuadrilla. Aquello se trataba de un txoko: un local privado donde se reúnen grupos de amigos para cocinar, comer, beber y socializar. Estaban con las copas y se les había colado un maqueto. Vaya puntería la mía. Menos mal que tengo una novia que hace amigos debajo de las piedras. Aun así, preferí contarles lo que buscaba en su calle y de dónde era natural mi padre. Acabaron abrazándome y nos quisieron convidar a un gin-tonic, pero teníamos una hoja de ruta que cumplir y nos despedimos entre risas nerviosas por lo que podría haber pasado si les cojo de otro talante o respondo de malas maneras.
Calle, camino, fuente… Estas cosas seguro que no pasan en la biblioteca, pero entonces nada tendría para contaros ni tampoco gasto tanta imaginación.
Agur.
