LA TORRETA

 

«Que veinte años no es nada», cantaba Carlos Gardel en Volver. Y parece que fue ayer cuando me encalomé por primera vez a la torreta de jueces de llegada hace más de veinticinco veranos. Por aquel entonces no era aún juez. Subía con mi cámara Nikon en ristre y un teleobjetivo para divisar con claridad a los caballos que enfilaban el circuito a la altura de la Calzada. Quedé tan prendado que no dejé de repetir cada temporada. Hasta que, por seguío, obtuve este título que mantengo como oro en paño. Todo un honor y una responsabilidad enorme.

Por muchas horas que eche, por más zancadas que pegue entre la caseta de comisarios, la pista, la torreta y vuelta empezar, todo queda en nada comparado con la honra de ser parte del comité ejecutivo de la Real Sociedad de Carreras de Caballos de Sanlúcar de Barrameda.

Sanlúcar es mi segunda casa y aspiro a que sea la primera. Todo se andará. De momento me conformo con darle la vuelta a la llave de mi puerta en la calle Ganado unas cuantas veces al año. Desde aquí salgo siempre con prisas, la acreditación colgada, una gorra bien calada y camino del recinto. Repaso las carreras del día y la hora de la primera. Miro el reloj. «¡Qué no llego!», pienso y aprieto el paso. El sol cae a plomo y agito la camisa por los faldones para que no se pegue a la espalda con el sudor. Por fin alcanzo el paseo marítimo a la altura de la playa de las Piletas, que ya ruge. Al ocaso diviso las carpas que simulan jaimas en el desierto y se preparan para el festín que seguirá a la competición. Vuelvo a mirar el reloj. «Parece mentira que haga tanto calor. A ver si salta el poniente», me digo mientras atravieso el control de entrada y relajo el ritmo al comprobar que los participantes acaban de abandonar el paddock. Apuro los últimos metros hasta la valla de salida a la playa. Allí arranca el contraste: vestidos de fiesta confundidos con bikinis y bañadores. Jockeys ataviados de mil colores a lomos de yeguas y caballos de pura sangre en un paisaje atestado de niños —con el torso desnudo— que los vitorean como a gladiadores que saltan a la arena a jugarse la vida. Ya no hay excusas ni vuelta atrás. Empieza un día de carreras y tengo la fortuna de ser partícipe en primera fila.

Soy un juez que trata de ser ecuánime en sus veredictos y pone todo el celo posible a la hora de decidir el orden de llegada, las distancias entre caballos y el tiempo del ganador. Ahí ni mis compañeros ni yo partimos peras con nadie. Algunas veces hemos tenido que deliberar para decidir entre un empate o dar la victoria por una escasa nariz. No es sencillo en este hipódromo con una pista cambiante a causa de las mareas en la que resulta complicada la photofinish.

¡¡Pura emoción!!

Y en medio de todo este maremagno, recuerdo que ya no se monta nuestra antigua torreta. Vieja y desvencijada. Por ahí anda arrumbada, aunque en las carreritas de invierno revive y recupera su momento de gloria. Hoy disponemos de una mucho más grande, de mejor calidad y mayor capacidad. Una torre ejemplar que nos reúne al comité ejecutivo por completo y nos separa de las visitas, que se sitúan justo detrás.

Hay tardes en las que me inunda la nostalgia y me veo sin crono ni programa, sin prisas ni responsabilidad. Solo aupado frente al mar, con el pálpito de la prueba y dos testigos de excepción: el Coto de Doñana y el Sol ahogándose en la estampa más bonita del mundo.

Señores delegados, directores y comisarios, no me tengan en cuenta si alguna vez me despisto y trato de subir acompañado. Pero no puedo evitar echar de menos aquella reliquia de hierro azul y amarillo a la que acudía de invitado hasta que me consagré como juez de llegadas.

Jaime Sabater Perales