YA NO CROAN LAS RANAS
La antigua piscina infantil, de cuando Franco era corneta, pasó a ser el resbaloso estanque de las ranas. En aquel pequeño espacio existía un ecosistema completo y adictivo para todos los niños, que suponía una riña del conserje cuando nos metíamos a probar nuestra destreza esquiando por la verdina o al poner en práctica las diferentes artes de pesca y caza.
Nenúfares, el gran junco del fondo rodeado de enormes piedras, peces de colores y todo tipo de insectos acuáticos y voladores componían su hábitat. Y por encima de todos, el rey del estanque: el metamórfico batracio.
A los niños nos resultaba muy curioso y fantástico que un minúsculo renacuajo, negro e informe, creciera y cambiase a un color pardo moteado, le saliesen patas traseras y, por último, pudiese transformarse en una rana verde con pulmones. Pero, si tu padre te lo explicaba así, eso iba a misa.
Entre los amigos decíamos que si llenabas una botella de cristal con agua del grifo y la dejabas que se pusiera verde, la propia agua criaba ranas desde la nada. Cada varios años, soldados de reemplazo vaciaban el estanque del club para limpiarlo a fondo de la porquería que se generaba. En cuanto estaba lleno de agua limpia de pozo y la verdina volvía a cubrir el suelo azul piscinero, el croar de nuestras amigas regresaba por arte de magia y nos atraía con cantos de sirena a la caída del sol.
En cuclillas, de rodillas, tumbados a los bordes del estanque con una botella vacía de refresco en una mano, un ojo puesto en el pasillo de la recepción y el otro en el fondo turbio, poco a poco íbamos llenando las botellas y procurando que algunos de aquellos pequeños seres cayesen en nuestra trampa.
Una temporada dejó de oírse la música del estanque. Tampoco bailaban las carpas. Don Enrique, con otro amigo y sus proles, habían ido una mañana al alba a la Isla del Arroz a coger cangrejos de río. Los kilos que sobraron se los llevaron al cocinero del club para que los incorporase al menú de ese día, pero los traviesos Sabater liberaron varias parejas en nuestro estanque con la esperanza de que sobrevivieran.
—Necesitan agua que corra, ahí morirán en dos días —dijo un mirón espabilado.
A las pocas semanas, los crustáceos americanos habían acabado con toda la fauna endémica y la dirección del club se vio obligada a anticipar el vaciado del estanque para eliminar a la prolífica especie invasora. Aunque nunca identificaron a los culpables, que se hubiesen quedado sin piscina un par de semanas.
Ahora han puesto una fuente cateta, fea y anodina. Ya no hay soldados de reemplazo ni conserje que riña ni gamberros cazadores. No hay botiquín con enfermero ni campana que avise para el autobús con destino a Marqués de Paradas… Ya no croan las ranas.
