LA CIUDAD Y EL TIEMPO (I)
Entrar en la sala de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao te evade del tiempo y te sumerge en un espacio caprichoso que puede llegar a marear. Por unos instantes me sentí molusco dentro de su concha espiral y, también, niño perdido en un laberinto sin salida. Además, me saltó la vena comercial y traté de calcular el precio de mercado de tanta chapa de acero patinable…
El fin último del arte debería ser evocar y provocar: sacar al público del estrés o del aletargamiento, para transportarlo a otro lugar. Y qué difícil tarea sin la interconexión entre emisor y receptor.
A los museos, a las ciudades, a las vidas hay que llegar con ilusión, con el alma limpia y los ojos como platos. De otra forma nunca saltará la chispa.
Así arribé a la cuna de mi padre: con el corazón abierto, sin rencores y mucha curiosidad.
Ya sabía de esta villa y su transformación de lo industrial a lo cultural, de la influencia británica en la arquitectura local y algo más. De lo chovinista que resulta el bilbaíno; casi tanto o más que el sevillano. ¡¿No voy a saberlo, si tengo la doble nacionalidad!?
Cualquier expectativa se quedó corta hasta que pisé suelo en la capital vizcaína y sentí el golpetazo. ¿«Pero ¿qué narices de ciudad es esta?», dije para mis adentros. Y me dejé llevar… Por las calles, por los bares, por los puentes, por sus gentes… Por esa explosión artística ahí plantada que no parece tener sentido en otra parte del globo: un museo para la ciudad y una ciudad rendida al museo.
El ritmo vital nos conduce a precipitarnos, a no saber esperar, a ser «melón tajá en mano». A mí me cuesta mucho pararme: la misma vida. Aunque ella, poco a poco, me da luz y demuestra que cada materia cuadra en su hueco del tiempo (The Matter of Time), y no existe más forma de encajarla por muchas vueltas que le demos al puzle ni por muchos minutos que tratemos de robarle a la hora.
