Y VOS CALLATE

 

El viaje a la República Argentina, por hache o por be, no acaba de llegar. Estuvo previsto hace cuatro veranos y se fue al traste, como aquella relación. Qué se le va a hacer: habrá que seguir anhelándolo. No pienso esperar demasiado; la vida es breve y, más bien, imprevisible.

Lo argentino me atrae sobremanera: su historia, su grandiosidad, su acento… Quiero pasear por Buenos Aires a ritmo de tango o, simplemente, dejar pasar el tiempo observando a un gaucho al galope perderse en un horizonte de pampa inmensa y polvorienta.

No quisiera irme al otro barrio sin cumplir este sueño. Habrá que ponerse a ello cuanto antes. Será parte de esa hoja de ruta, medio formal y medio imaginaria, que llevo y parece que, poco a poco, cuadra y coge forma.

Quizá no sea solo el viaje lo que me llama, sino la necesidad de mirar de frente lo que uno fue y lo que va quedando por el camino. Sin reproches.

Si echo la vista atrás, a veces lloro, claro; otras me río y otras, por qué no, saco pecho. Entre las de reírse, me viene hoy a la memoria —en plena Feria de Sevilla— aquel chiste que contaba don Enrique…

«Entró en un baño público un viejo bonaerense con más de ochenta años. El paso, lento, aunque decidido por las ganas que lo llevaron allí. Un metro noventa, ojos azules, la piel curtida de trabajar al sol, el cabello totalmente blanco, frondoso y casi despeinado: le daban un aspecto entre elegante y rudo, con el que tantos éxitos cosechó entre las féminas.

Cuando, no sin dificultad, consiguió sacarse la herramienta, la sostuvo con suavidad en la palma de la mano derecha, la miró y, tras un largo suspiro, le dijo:

—¿Te acordás, vieja, de aquellas gemelas santiagueñas? ¡Qué bárbaro lo bien que la pasamos, viejita! Y mirá, mirá ahora, flaca, qué arrugada estás…

—¿Y de la morocha carioca? ¡¿Decime, vieja, te acordás?!

—¿Y qué me decís de aquella semana de locura en el altiplano, con la avioneta de rancho en rancho comprando ganado y de quilombo en quilombo celebrándolo…? ¡Ay, ay, flaca mía! No es que me enorgullezca, pero es que ahora, ni queriendo…

Durante este monólogo nostálgico de momentos encumbrados, nuestro vaquero hacía esfuerzos para que la próstata le dejase vaciar la vejiga. En uno de los apretones se le escapó un pedo. Miró a su alrededor para comprobar que seguía solo en los urinarios, giró el cuello hacia la espalda baja y, con grandilocuencia, prosiguió la conversación:

—¡¡Y vos callate, que también tenés tu historia!!»

Jaime Sabater Perales