EL REDOXON

 

En un futuro no muy lejano, alimentos y costumbres prohibidos en la actualidad serán recomendados e incluso recetados por los doctores en esto de la salud.

Y no hablo por hablar.

A mi abuela, que, sin ser aún tan mayor, padecía unos temblores de manos muy característicos y estaba aquejada de arteriosclerosis, le prohibieron el aceite de oliva y la mantequilla de leche de vaca. Los tuvo que sustituir por insípidos aceites de semillas y por esa porquería, inventada para engordar pavos, llamada margarina. Este despropósito insalubre se quedó corto cuando, para curarse unas llagas que le salieron en la boca, se encerraba en el cuarto de baño para fumarse un «pitillo al día sin tirar a pecho», como remedio infalible contra las aftas bucales. Las llagas se le quitaron, aunque con los temblores se fue a la tumba a los 78 años.

Visto lo visto, quizá los cigarrillos de placer vuelvan a ser recomendables junto con un par de copas de buen tinto y unas buenas alubias con chorizo, mejor que tanta comida magra y tanta cosa sin nada, que más que protegernos nos debilita frente a las agresiones naturales de la vida.

Volaba por la carretera de Trebujena en busca del ansiado desvío hacia Sanlúcar, un día de principios de agosto de un año de mediados de la primera década de este siglo. Como casi siempre, después de una dura jornada de trabajo en Sevilla, llegaba tarde a la primera del primer ciclo de carreras de caballos: muy estresado y con el estómago vacío desde un café bebido a las ocho de la mañana. Sorteé, como pude, el espeso tráfico que acumulaba Sanlúcar a esa hora previa a las carreras. Tiré por detrás para evitar el paseo marítimo y mal aparqué lo más cerca que pude de Las Piletas.

Las Piletas, la morera, el sombrajo… Un chiringuito canicular que cada cual nombra a su antojo y del que nadie sale indiferente. Con suelo de arena y barra de chapa, se encuentra en el camino que separa al Club de la Real Sociedad de Carreras de la playa por donde salen los equinos en busca del paddock dentro del recinto portátil que alberga el hipódromo natural más original y bello del mundo.

Me hice un hueco en el lateral de la barra. Con aspavientos y en medio del bullicio, pedí una cerveza, una tapa de carne con tomate, una de pimientos fritos y otra de berza. Con la segunda cerveza y el estómago asentado, el estrés se había disipado y aproveché para repasar, en el programa de mano, las cuadras, los caballos y los jinetes de la carrera que empezaría en pocos minutos y a la que había conseguido llegar a tiempo.

—¿Qué tal, Jimmy? —me saludó el speaker que acababa de llegar de comer de su casa y se paraba antes de echar su jornada retransmitiendo las carreras.

—Eloy, corriendo como siempre. Me tomo el café y voy para dentro —le devolví el saludo mientras él pedía.

Una ginebra con hielo en vaso de sidra con un refresco de naranja burbujeante le sirvieron. Se me hizo la boca agua. Con mirada cómplice, Eloy levantó su copa y con tono publicitario de locutor de radio me espetó:

—Jimmy, ¡un Redoxon para coger fuerzas y aguantar la tarde!

Al final lo acabarán recetando.

 

Jaime Sabater Perales