LA MAREÍTA
En Sevilla la figura de Juan Sebastián Elcano está presente por toda la ciudad. Por el río sube, deja a su paso una barriada y, más adelante, en la avenida de la Palmera, un monumento en su honor en la glorieta de los Marineros Voluntarios.
Sí, Sevilla no tiene mar, pero marinera es, y hasta la Torre del Oro se baña de agua salada con la pleamar.
Cuando en las tardes de verano salta el poniente, parece que la Nao Victoria entra de nuevo por Sanlúcar y llega a la ciudad entre vítores, refrescándola con la «mareíta» pegada a sus velas. Esa sensación de frescor era para nosotros la señal de que terminaba el domingo de piscina en el club militar y de que, a la vuelta, tocaba una parada obligada: la misa de nueve en la iglesia de la Virgen del Carmen, perteneciente a la parroquia de Nuestra Señora del Mar, en la barriada Elcano.
Con cuatro niños que duchar y vestir, llegábamos siempre tras las campanas y nos situábamos al fondo de la capilla, prácticamente en la puerta y muchas veces de pie, con la iglesia abarrotada. La sencillez y belleza de los techos artesonados, los frescos y los murales me hacían sentir que estaba junto a la mar, rodeado de barquitos y angelitos, y protegido por la Virgen en aquel barrio tan pintoresco, levantado en los años cincuenta para los trabajadores de Astilleros.
Después del padrenuestro, los cuatro hermanos nos poníamos muy nerviosos. Papá no aguantaba la misa completa sin fumar y, cada domingo, escogía a uno de nosotros para acompañarlo al bar que había junto a la iglesia.
El Huracán respetaba la humildad del entorno con un local muy estrecho, de barra de chapa y serrín en el suelo. Una caña de cerveza para él, un vaso de agua para el elegido y una tapa de mejillones al vapor, que era nuestro anhelo.
Aún percibo la sal y el punto de limón, la aspereza de la concha en los dientes al morderla para arrancar el bivalvo y el disfrute de la explosión de sabor dentro de la boca.
Sí, Sevilla es marinera.
