EL SÍNDROME

 

Cuando en la convención anual de mi empresa aparece mi nombre —o el de alguno de mis clientes— encabezando una diapositiva de ventas, operaciones o cualquier otro indicador medible, me quedo como si la cosa no fuera conmigo. Y me sube el rubor desde las uñas de los pies hasta la coronilla.

«¡Qué corte! Estará mal el dato…», me digo para mí, mientras esbozo una sonrisa bobalicona al infinito.

—¡Qué rabia, podíamos haber sido los primeros! —dijo el responsable del departamento de Pricing al terminar la prueba de team building, antes de la cena, que al menos sería española después del welcome, el coffee break y el lunch.

—No te creas, se vive mejor siendo un segundón. El primero tiene que soportar el foco y la presión de ser el mejor —le contesté con voz rotunda y cierto tono de guasa, tras montar un coche de carreras con tubos y codos de PVC y echarlo a rodar, al empujón, con un compañero encima.

«¡Juntos más fuertes!», reza el nuevo eslogan de la compañía, que liga con la fusión de las dos empresas que ahora corren juntas por el circuito de la logística y que también encaja con la filosofía del trabajo en equipo.

Pensar, pensar, pensar. Equipo, equipo, equipo. No hay otra. Todo pasa rápido, vertiginoso. Mucho optimismo y más dudas. De momento, mucho «qué» y poco «cómo». Las caras de siempre y gente nueva. También sonadas ausencias…

Un sinfín de ideas me brotan: nuevas posibilidades de negocio, nuevos equipos de trabajo, otros tráficos. «¡¡Más madera, es la guerra!!».

Y en medio de todo ese ruido —luces, voces, abrazos—, sobrepasado por las arengas de la tribu que crece, el niño pequeño que habita en mí se encoge, tiembla y no puede evitar sentirse invadido por el recurrente síndrome del impostor.

 

Jaime Sabater Perales