… Y LOS NABOS EN ADVIENTO
Cada día como más tarde por una cuestión práctica. Si paro a las dos me dan la comida, y si lo hago a las tres, también. A ese momento del día lo he bautizado como «la hora del transitario». Incluso, si el cliente o el proveedor que me llama en ese lapso es de confianza, imposto una voz radiofónica anunciando el Ángelus y contesto:
—¡Es la hora del transitario!, ¿dígame?
La gente, por lo general, acostumbra a hacer sus trabajos «domésticos» durante la mañana y, cuando los tienen hilvanados, recuerdan sus asuntos internacionales y marcan mi número. No me quejo. Traté en su día de que se adaptasen, de contestar con la boca llena, de no atender las llamadas… Al final el perjudicado era yo, que posponía los asuntos y alargaba las jornadas.
Ahora casi nunca almuerzo antes de las cuatro y dedico las tardes a asuntos más sesudos, que afronto sin el ruido de la vorágine matinal. La verdad es que me va mucho mejor —incluso con la digestión— y soy más eficaz en el manejo de los tiempos que vuelan.
En lo personal, sin embargo, parece que no aprendo de los errores: atropello las tareas y me empeño en hacer determinados actos en un tiempo escaso y abocado al fracaso.
Recuerdo que me pasó una vez con unas zapatillas New Balance que compré justo antes de salir de viaje, casi con el coche arrancado. Cuando me las calcé en Granada y recorrí la ciudad me hacían daño. Eran un número menos y no las pude cambiar al haberlas callejeado.
El otro día tropecé de nuevo. Entré a media mañana en la zapatería de debajo del despacho, justo a la vuelta del café, para probarme los mocasines marrones de serraje a los que les había echado el ojo. Me probé el 45 y el 44. Que si con las plantillas unos quedaban holgados y otros apretados; que si con estos pies tan grandes no hay zapato que me siente bien… Total, que me entraron las prisas y me subí con el par del 45, más pendiente del teléfono que de la propia transacción.
Cuando fui a salir por la tarde, decidí estrenar mis preciosos zapatos nuevos. Al pisar la calle los noté demasiado holgados. «Será que son muy cómodos», pensé, y seguí mi camino. Ni confortables ni leches: a la hora concluí que me estaban grandes y me mortifiqué:
—Jaimito, ¿pa qué narices te compras unos zapatos deprisa y corriendo?
Pues eso: cada cosa a su tiempo…
