LA FIEBRE

 

Con la edad trato de aprender que debo evitar tomarme las cosas tan a la tremenda al comienzo de cualquier actividad o afición.
Casi nunca lo consigo.

Me acabo aburriendo de casi todo. Necesito nuevos estímulos. Nuevas sensaciones que aviven esa fiebre que pierde a mi cabeza, a mi organismo entero.

Me pasó con los deportes: futbito, tenis, ping-pong, lucha grecorromana —sí, has leído bien… grecorromana—, natación, esquí, pádel, triatlón… En cada uno de ellos me quedé en aprendiz.

Y así voy saltando por la vida, sin más hoja de ruta, con casi todo y sin maldad alguna.

Quizá desde que cumplí los cincuenta consigo aplacar algo este ardor que marca la brújula de mi caminar. En realidad lucho contra él desde siempre y paso del calor al frío cual termostato de radiador barato.

Cuando me da por algo, lo vampirizo hasta el tuétano y luego lo abandono en un rincón como al arpa de Gustavo Adolfo.

Y así no se puede… o, al menos, no se debería en todas las facetas existenciales.


Tendría cinco o seis años. Vivíamos aún en la calle Bami, del barrio del mismo nombre. Aquella noche el termómetro que me puso mamá alcanzó los cuarenta grados de temperatura. No había forma de bajarla: ni con friegas de alcohol ni con el supositorio de Febrectal. Prácticamente desnudo, ardía dentro de la cama hasta que pude quedarme dormido.

Al rato me desperté sobresaltado. Por el techo correteaban unos bichos. Abrí los ojos todo lo que pude. Esperé a que se adaptasen a la oscuridad. Y sí: eran cocodrilos que no paraban quietos dando vueltas por mi habitación.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Corre, ven! —grité despavorido.
—¡¿Qué pasa, qué pasa?! —preguntó mientras encendía la luz y entraba agitada.
—¡¡Mamá, mamá, hay cocodrilos!! ¡¡Cocodrilos verdes con la boca roja!! ¡¡Quítalos!! —dije entre alaridos y sollozos.

Me calmó. Con la luz encendida los pequeños reptiles fluorescentes se disiparon. Ya no pululaban por las paredes ni por el techo de mi dormitorio. Me dio un beso, un vaso de agua, apagó la luz y la casa siguió durmiendo.

—¡¡Mamá, mamá!! ¡¡Los cocodrilos!! ¡¡Que me muerden!! ¡¡Mamiii!! —grité desconsolado cuando regresaron, danzando en fila india, acechándome.

Esta vez mamá entró con papá. Y ahora no se escondían con la claridad. Eran más y más. Pequeños, con las colas hacia arriba y las bocas abiertas enseñando las fauces.

—¡¡Papá, papá, mátalos, que me comen!! —decía temblando.

Mi padre improvisó. Salió del dormitorio y volvió con la escoba. La levantó hasta el techo, y empezó a golpearlo con el cepillo.

—¡¡¡Morid, morid, malditos!!! —repetía con teatralidad para apaciguarme.
—¡¡Papá, papá, ahí en la esquina hay otro!! ¡¡Mátalo!!

Y así nos llevamos un rato, hasta que los aniquiló por completo y dimos fin al safari doméstico. La fiebre amainó y pudimos descansar todos.

Ya no dispensan supositorios de glicerina, ni conservo el polo azul marino con un cocodrilo cosido que aquella noche salió del armario, creció y se multiplicó.

Solo espero que mis golpes febriles sean más leves y que todo me dure, al menos, tanto como aquel indestructible Lacoste.

 

Jaime Sabater Perales