VÉRTIGO
Llevo desde las 06:30 releyendo relatos que incluyan esta palabra que me persigue desde niño. En busca de una nueva inspiración…
Vivíamos en Valencia, en La Eliana. Era uno de tantos días que pasábamos jugando en el jardín de la casa de alguno de los amigos de papá y mamá, mientras ellos, después de comer, hacían cosas de mayores bastante aburridas: sentados alrededor de una mesa, entre risas, humo, cartas y copas en vaso de tubo. Nada de eso era lo nuestro…
El cobertizo de obra tenía una ventana con reja. Trepé hasta el alero del edificio y alcancé el tejado. Desde allí se divisaba por completo la enorme finca y las colindantes. Las piscinas vacías adquirían nuevas formas, y los amigos y mis hermanos, que aguardaban abajo, parecían más bajitos.
—¡Anda, niño mono, bájate de ahí, que te vas a caer! —me decían.
Siempre me ha encantado subirme a los árboles o a cualquier construcción que se me pusiera por delante. El miedo —ese fastidioso vértigo— aparecía a la hora de bajar, cuando ponía la mirada en el suelo y asumía el peligro que no había valorado en el ansia de elevarme.
En aquella ocasión fue uno de los mayores, mucho más alto que el resto, quien se encaramó en la ventana y me ayudó a descender de mi atalaya. Yo era incapaz de hacerlo solo. Como un gato en la copa de un árbol, al que los bomberos deben rescatar.
Así me siento a veces, cuando las responsabilidades y la vida avivan el vértigo. Cuando me pregunto si merece la pena la escalada y el enorme esfuerzo, frente a la incomprensión de los que me rodean, y el frío y la soledad que se sienten allá arriba.
Septiembre arranca un curso de un año que no para quieto, que sube y sube. No quiero ver al resto como hormiguitas desde tan alto, ni explotar como un suflé pasado de calor y tiempo.
—Por favor, dame la mano, que quiero sentir el suelo.
