A POMBO Y PLATILLO

 

«Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un p… libro en su j… vida», decía mi querido Loco, Jesús Quintero, en aquel mítico monólogo que tantas veces he visto y que sigue siendo un referente periodístico de rabiosa actualidad.

No voy a caer en la polarización, ni tampoco estoy escribiendo un artículo de opinión. No soy periodista. Esto es el relato de un transitario que estudió Publicidad, que se siente escritor hasta la médula y lector por obligación, tradición y mucha curiosidad.

No, no blandiré la espada de la cultura frente al analfabetismo funcional, de buenos contra malos, ni de «como yo leo más que tú, sé más, sustento la razón, soy más inteligente y, por tanto, mejor persona».

Recuerdo que teníamos veintipocos cuando algunas novias de nuestra pandilla se enfrascaron en una trifulca casi arrabalera. Dos bandos bien definidos, incluso por el barrio de residencia. Al final, la disputa llegó a calar en nuestra inquebrantable amistad a prueba de bomba, y yo defendí frente a mi primo Luis que mi novia tenía razón porque era universitaria, frente a la suya, que estudiaba Secretariado. Él se desternilló con aquella bandera que alcé, y nos fuimos a arreglar el asunto como hacíamos siempre: en la barra de un bar y a golpe de cerveza.

No, los estudios, la cultura y la lectura no te hacen mejor persona, ni mucho menos poseedor de verdades absolutas, ni de esa superioridad intelectual que tanto ridiculiza a algunos. Hay santos que apenas sabían escribir, y verdaderos hijos de la gran p… más leídos que el mismísimo rey Salomón.

En asuntos mundanos, el más razonable y menos talibán tiene más papeletas de acertar, por el simple hecho de que sabe escuchar y analiza diferentes opiniones. Muy distinto del soberbio y supremacista que solo se mira su profundo ombligo.

La cultura te aporta riqueza, y la lectura, libertad. La bondad hay que buscarla en el alma:  en la de los demás y en la propia. Y nunca abandonarse ni darse por vencido en el camino de ser mejores, más amables, humildes y desprendidos.

Cuando estudiamos latín en Bachillerato, aprendimos —con la regla mnemotécnica de «petaca-bodega»— que la pe pasó a be en la evolución de las consonantes oclusivas. De caput en latín a cabeza en español, por ejemplo.

No estaría de más que María hubiese puesto un poco de cabeza antes de erigirse en adalid de los poco ilustrados y soltar, a Pombo y platillo, «aquestas» declaraciones.

Jaime Sabater Perales