HASTÍO

 

Tirar y empujar; rebañar el plato; anticiparse a la jugada; saltar de la silla; pico y pala… Son expresiones que tengo muy interiorizadas y que pregono a diestro y siniestro, cual voceador de prensa de principios del siglo pasado.

Me va la marcha. Necesito tener la agenda repleta y saltar de una actividad a otra. No parar de inventar. Romper cadenas que me traten de imponer. Sorprenderme con un gesto cotidiano. Probar sabores nuevos. Huir de la rutina. Rechazar lo gris.

«¡Al agua, pato! ¡Dona! ¡Colabora!», grito esta semana por las esquinas. Y parece que surte efecto. Suena la caja solidaria. Respondéis a mi llamada. Unos más que otros. Poco a poco. Ya falta menos.

Así tapo lo feo. Evito el rastrillo que insiste en arañarme el alma y me tira del pie hacia los infiernos. Si piso el cepo, sus dientes de acero volverán a clavarse justo en las mismas heridas, y me niego. Revolver el fondo del río, más que ganancia de pescadores, sirve para que la mierda suba a flote.

Así que hoy me pongo el neopreno que me eleva por encima de todo y me ayuda a avanzar. Es como un traje de superhéroe al que le tienes que coger el punto. Al principio cuesta que se ajuste y genera cierto desasosiego. Ahora, una vez puesto en marcha, no hay quien lo pare. Te convierte en un ser superior, impermeable a la maldad y a la estupidez humana.

¡Es fenomenal!

A aquel curioso señor que lo puso entre mis manos por una de esas raras casualidades de la vida se le olvidó explicarme el arma secreta que incluía: la función última que lo convierte en algo único. El traje esconde un botoncito que, si lo activo, enciende una luz fulgurante que me aleja en todo momento de lo que más odio.

«Ahí te quedas por un tiempo. Deja ya de visitarme, que no te quiero. Vete de mi vera, maldito hastío».

Jaime Sabater Perales