VEROÑO
El otoño se resiste a abrir de par en par sus puertas y me deja en una especie de purgatorio, de días cortos y noches calurosas, que se está haciendo eterno.
Esta semana, después de varias ya metido en faena, le he dado por fin cuerda al carillón heredado de la abuela y lo he puesto en hora. Se había quedado mudo en la entrada, como si el tiempo de la ciudad se hubiese detenido esperando mi reacción, mi vuelta a la realidad de las cosas mundanas.
Durante este tiempo muerto, he llenado la nevera y he mareado los armarios sin demasiado convencimiento ni empuje, resistiéndome a lo impepinable. He dicho «¡Hola, ya estoy aquí!» con todas mis fuerzas y, a la vez, con la boca chica.
Por fin, he cambiado las luces del cuarto de baño, que andaban escasas de brillo desde hacía una eternidad, aunque difuminaban en el espejo el paso del tiempo en mi cara y en mi cuerpo. Ahora me puedo afeitar sin riesgo de rebanarme el cuello. También experimento la extraña sensación de que alguien me observa e interroga, tratando de sacar a la luz miserias antiguas y olvidadas con un foco poderoso, incapaz de comprender que soy lo que muestra el sol en mi piel, sin dobleces.
El verano no me acaba de soltar y ya quiero volver a él sin pasar por los calcetines largos ni por los jerséis de lana que aguardan doblados y ordenados en las baldas profundas de altillos alejados de la mano de Dios, como si fueran miembros de una manada de felinos deseosos de abalanzarse sobre una presa distraída que no sabe si va o viene, si entra o sale, si nace o muere.
Arranca otro curso: más letras, las mismas ganas, nuevos retos y proyectos, también viejas rencillas.
¡To palante, Jaime, to palante!, que no se diga.
