ROLLING STONE
Que me perdonen «los especiales», pero el centro de Algeciras es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudao. Y no será por las oportunidades que le he dado a esta ciudad tan meridional y portuaria, que hasta la Cuesta del Rayo me conozco de pe a pa. El negocio me trajo por aquí muy a menudo, y es ahora el amor el que me hace volver cada vez más. Y de tantas idas y venidas, ¡conchiles!, que le he cogido gusto y empiezo a encontrar belleza entre sus calles y su ambiente a pesar de la decadencia de algunos edificios y de sus obras perpetuas y rotondas.
Chiquillo, ¡qué hartón de rotondas!
Algeciras huele a gasoil y a salitre, a costo y a pachuli. Huele a frontera. Porque donde hay un paso de aduanas, el trajín de gente y mercancías atufa, y aquí no para. «24/7». Trescientos sesenta y cinco días sin descanso entre tráficos regulares, ferris, coches, camiones, tránsitos y transbordos. Y las sirenas de niebla pitan entre mares y mareas, entre América, África, Europa y todos los orientes: el cercano y el lejano.
Ella se revuelve de todo frente al Estrecho, le saca partido a su ruido y te tiende una mano amiga, acompasada y flamenca que grita un quejío hondo, campero y marinero, inspirado por la antigua Roma y por la morería que la bautizó como Isla Verde.
Desde el Rinconcillo hasta Getares todo es Algeciras. Cuando llego en coche, dejando atrás el increíble parque natural de los Alcornocales, siempre me lío entre si coger por el puerto o por arriba. Y otra rotonda y otra y otra, hasta que paso la aduana y me relajo camino a la calle Trucha en San García. Allí arriba. Con el Peñón de testigo y las gaviotas poniéndoles música al aire.
Nací sin sentido de la orientación y no me ha crecido con la edad. Hasta con el GPS me cuesta llegar a los sitios. Siempre le echo la culpa al pobre copiloto cuando me paso una salida o soy incapaz de interpretar lo que el plano me indica. Es otro de mis innumerables defectos de los que me resisto a reconocer casi de forma ridícula. Soy capaz de perderme en una manzana o de coger por el camino más largo a cualquier destino, porque es el que memoricé en su día y me da la seguridad para llegar. Hay veces que descubro que algo estaba justo a la espalda de otro algo pasados varios meses o incluso años, y no sabéis el coraje que me da y la cara de bobo que se me queda.
Pero al final arribo, a veces estresado pero sano y salvo.
En San García disfruto de un futón y una hamaca en los que duermo como un lirón careto. Solemos bañarnos muy temprano en la playa de Getares antes de que se pete. Damos un paseo desde los cantos rodados hasta el búnker, imaginamos batallas pretéritas, correteamos las olas y disfrutamos de las vistas a la Bahía dándole la espalda a los adefesios urbanísticos que la circundan.
La otra mañana, huyendo del gentío playero, organizamos un senderismo sin mucha dificultad por el río de la Miel. Arranca en el barrio periférico de El Cobre, que para nada anticipa lo que te encuentras cuando avanzas entre cercas, vacas retintas y matorral achaparrado.
El sonido del agua, las chicharras, el mirlo y el pinzón suben de volumen a la vez que baja la temperatura y aumenta la frondosidad de este bosquejo. Una poza, un salto de agua, un molino, un puente medieval con arco de medio punto, helechos, higueras, alcornoques, laureles, quejigos…
¡Cuánta exuberancia! ¡Qué preciosidad!
Y al final, la cascada de la Chorrera sobre la gran poza que invita al baño. Y al salto desde la peña para los chavales más intrépidos de los que por allí pululan.
A la vuelta me adelanto solo, perseguido por nuestros perros que vienen y van tratando de unir al grupo. En bajada, el camino empedrado me incita a coger velocidad y a pisar los cantos rodados y las piedras de arenisca de forma intuitiva, casi sin mirarlos pero sin titubear. Dejándome llevar por la experiencia de los años, por las formas caprichosas que sugieren como plantarte sobre ellas sin miedo a resbalar o a tropezar. Ganando confianza a cada paso, como si fueran personas a la que te arrimas. Esas que te encuentras en el camino de la vida, que unas veces te aúpan y otras, por desgracia, te hacen tambalear.
