MUERO POR TI
No se oye un alma en mi casa y eso que está llena de invitados hasta la bandera. Han debido de pasárselo pipa. Se lo han pasado, doy fe, porque disfruté con ellos a bocados y sorbos de la gran fiesta sanluqueña.
Voy a tener que poner una placa azul con una hache mayúscula en mi puerta o empezar a echar pestes sobre este evento veraniego para evitar tantos adeptos que recoge e insisten en repetir.
También he pensado en apagar el teléfono los tres días del segundo ciclo de carreras, para así no adquirir compromisos, ni facilitar entradas al recinto o dejar de atender a las amistades en nuestro palco con un botellín de cerveza helado, una copa de manzanilla en rama o una bandeja de jamón, queso y caña de lomo sobre una blonda de papel.
Pero no me sale. Y a la que tengo a mi lado tampoco.
Por aquí andamos ambos maltrechos y destruidos a todo lo que da, aunque extasiados de puestas de sol galopadas y revoltijo social.
Sanlúcar, ya lo sabes: me tienes entregado a tu causa, dispuesto con mi hacienda y con todas mis fuerzas otro año más. No me mates, te lo ruego, que ya muero yo por ti.
