OCHO APELLIDOS ANDALUCES

 

Bromean sobre la gente de Jerez de la Frontera, que cuando te la presentan relatan todos los apellidos posibles hasta llegar al bodeguero, al que habla de su origen ilustre o del patrimonio familiar.

En Sanlúcar de Barrameda pasa algo similar, pero me contaron una anécdota sobre una aristócrata de alta alcurnia, de las que los duques de Montpensier atrajeron a esa ciudad y dejaron por allí su estirpe. Ella ridiculizaba los aires que se daban las familias bodegueras y decía: «No sé qué se habrán creído estos, si sus antepasados son taberneros y nosotros descendemos de Alfonso X el Sabio».

No, no voy a dar una clase de genealogía ni estoy documentándome para la próxima novela en los anales de Andalucía. Se trata más bien de hacerme eco de esos latiguillos heredados que chocan a los forasteros cuando comprueban como nos relacionamos por aquí.

A mí, aunque sea sevillano, me violenta que se presenten así en el ámbito del ocio o tomando una copa… «¿Qué me importará tu linaje si seguramente no te vuelva a ver en la vida?», pienso con pereza cuando me aprietan la mano y no la sueltan hasta que con un gesto reconozco que su abuelo fue alcalde o gobernador civil o comerciante de cacao transatlántico. «Jaime, me llamo Jaime», les contesto con cierta condescendencia.

Eso y la gilipollez de hacerse el despistado y no saludar para darse importancia cuando te cruzas con alguien que sin ser tu amigo sabe de sobra quién eres son cosas que me superan. Pero algo similar pensarían de mí cuando salía a la calle sin gafas y aún no usaba lentillas y no veía a dos en un burro hasta tenerlos encima.

Al final todo te impregna.

Acudí a la boda de mi íntimo amigo Javier Domínguez-Adame Lanuza, que celebraba en la Barrosa (Chiclana). Al llegar al convite en Sancti Petri, en la entrada había la típica lista con la distribución de los comensales en las mesas. Me busqué entre todos los folios hasta que en la mesa número diez leí mi nombre a secas: Jaime. Me sentó fatal. «¿Cómo que Jaime? ¿Y mis apellidos?»

Junto a mí estaba otro íntimo que notó mi malestar y que su nombre sí aparecía completo en la lista debajo del mío: Enrique Contreras Sáenz de Tejada. Con habilidad inusitada y gran inteligencia emocional, que aún recuerdo y ha evocado este relato, me dijo:

«Jimmy, mira si eres querido y reconocido, que resultas la única persona invitada a la boda de la que no hace falta indicar los apellidos para saber de quién se trata».

Jaime Sabater Perales

Gracias, Javi y Quique, por formar parte de mi memoria