COLORADO
Un día cualquiera de trabajo, después de comer con un cliente, más que amigo, y mi compañera de oficina, dimos con nuestros huesos en Casa Matias, en la «arenosa» calle Arfe, donde las copas apretadas se acompañan de guitarra flamenca, cante hondo entre maderas viejas, botellas con telarañas y buena charla.
Enfrente de la nave de mi anterior trabajo, en el polígono Calonge, con una fachada enorme rotulada a todo color sin ningún tapujo, triunfaba la archiconocida barra americana, que habían precintado por actividades proxenetas, según la prensa, y era motivo de nuestra conversación.
—Me parece muy hipócrita que después de tantos años abierto y conocido por todo el mundo, lo cierren ahora —comentaba tranquilamente, con Matías de testigo al otro lado de la barra—. Eso será que el policía de turno no habrá cobrado la mordida habitual —dije fantaseando con seguridad inconsciente.
—¡Agua! —soltó Matias levantando las cejas y mirando por detrás de nuestras espaldas.
—¡Se está usted confundiendo! —dijo un señor que apareció desde la penumbra de la parte del local donde suelen actuar los artistas.
—Jaime, te presento al jefe de policía antivicio de Sevilla, muy aficionado al cante y amigo de la casa —dijo Matias tratando de quitar hierro a la incómoda situación.
Colorado como un tomate y más pequeño que pulgarcito, escuché mudo al inspector de paisano que me explicó las leyes y los motivos del cierre, mientras tomábamos una copa.
«Qué puntería hay que tener para meter la pata de tal forma», pensé, aunque aquel señor, ya fallecido, siempre me recibió con una sonrisa.
