PINPILINPAUXA

 

Leí por ahí que existen más de cien palabras en euskera para nombrar a las mariposas, y no a los diferentes tipos de ellas, sino simplemente para decir mariposa. Ahora entiendo que a mi hermano le digan «chorla» y que a mí no me quepan las gorras de otros. Si para aludir a un insecto volador te tienes que aprender tal cantidad de términos, es muy comprensible que los que seamos oriundos de aquellas tierras tengamos la cabeza más gorda que el resto.

Bromas aparte, resulta que «es la gran riqueza dialectal del euskera la que le aporta tal número de sinónimos a una palabra», seguí leyendo. A mí me resultaría imposible hablarlo, pero al menos es muy fácil de pronunciar, aunque algunos vocablos sean eternos y repletos de equis y kas.

Pinpilinpauxa invita a volar entre flores silvestres. A correr de un lado a otro y quedar suspendido, para, al instante, seguir zigzagueando entre rayos de sol, al son de la chicharra, mientras se agostan los campos y la retama lo inunda todo con su perfume.

Lo onomatopéyico se suma a lo eufónico en esta belleza de expresión que tanto evoca y que describe la forma de volar de los lepidópteros: aletea y para, aletea y para… así hasta el infinito. Y no es que yo vaya de flor en flor sin descanso, pero sí identifico este ritmo con el mío vital. Lo identifico, lo pretendo y lo busco. No es mala idea la de no estar quieto, la de viajar y airearse, la de no perder la mirada curiosa y abrir todos los sentidos al deleite. Y encima, con musicalidad, sin ruidos ni agresiones: «pin-pi-lin-pausa».

Y de tanto latido de la naturaleza, qué mejor sonido que el de las pompas de la salsa gelatinosa que hierve a fuego lento sobre la cazuela de barro, en busca de la imposible emulsión a golpe de muñeca que todo lo impregna de aroma pringoso y marino.

Así sí vuelvo, papá, a nuestra tierra, al ritmo del pil-pil y de las mariposas que hacen susurrar el aire y lo empujan sin violencia.

Jaime Sabater Perales