JERÓNIMO
Juan Ramón Jiménez decidió librarse de la pesada carga ortográfica que llevamos a cuestas los que hablamos y escribimos en español y en 1949 se rebeló con sus Poesías escojidas.
Por amor a la sencillez, búsqueda del fonetismo y odio a la pedantería académica defendía su causa rebelde. «Se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe», justificó al reemplazar, sistemáticamente, las ges por las jotas en los sonidos fuertes.
Gabriel García Márquez hizo otro tanto en el Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la ciudad mexicana de Zacatecas en 1997, con un polémico discurso en el que dijo, sin tapujos: «Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna».
Ambos autores defendían la libertad frente al corsé académico.
«Enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites», prosiguió Gabo en su alegato que hoy, sumergido en estas disertaciones, me lleva a otra frontera sin firma, a otra lucha más antigua y encarnizada, en la que un indio valiente se opuso al ejército norteamericano.
«¡¡Geronimooo!!», gritó en 1940 el soldado Aubrey Eberhardt al saltar en paracaídas para superar su miedo y emular al mítico apache del siglo XIX.
«¡¡Gerónimooo!!», lanzo yo desde hace ya tiempo cuando subo a una colina por muy suave que sea. Cuando siento el aire de la naturaleza sobre mi rostro pálido. Cuando rompo la barrera entre el adulto y el niño: mi grito de guerra a favor de lo gamberro y divertido frente a lo convencional y serio.
Todo el mundo empatiza con este cántico a la libertad sin necesidad de más discursos.
Lo grité en El Pedroso, hace muchos años, y lo he vuelto a gritar en El Poyuelo. A los cuatro vientos. En busca del eco, de la respuesta que sopla en el aire. A la espera del reconocimiento de los que me rodean sin necesidad de explicar si es con ge o con jota; lo que no se escribe, lo que se graba a fuego sin más ortografía que la del corazón.
