EL POYUELO
—¿Cómo se consigue escribir bonito en prosa sin resultar cursi o empalagoso? —le pregunté a Carmen Posadas en aquella videoconferencia que nos regaló como colofón del taller de escritura creativa que dirige.
—Buena pregunta, Jaime —contestó con la elegante dulzura que la caracteriza—. Scott Fitzgerald —prosiguió, con ese acento de ida y vuelta que la hace más atractiva, si cabe—. Sumérgete en su lirismo romántico, en su prosa elegante, concisa y detallada. Léete El gran Gatsby —concluyó después de varias disertaciones sobre el arte de la narrativa que no tropieza con la pedantería, que es capaz de llevarte a otros escenarios sin abusar del epíteto, de los lugares comunes o del adorno.
Naturalidad. Esa es la verdadera elegancia. Y hospitalidad, añado después del fin de semana que hemos pasado en la sierra.
Hablar de Sierra Morena supone ir al origen de todo. Al olor de la tierra ancestral. Marcar en el GPS, en Sevilla, la dirección en Jaén nos metió en un camino largo y sinuoso, sin demasiadas expectativas, al que nos enfrentábamos muy cansados después de otra semana torticera.
Cada kilómetro avanzado iba dejando atrás el ruido de la urbe y el de nuestras cabezas. Un error en un desvío me hizo tener que desandar varios minutos de curvas que pusieron a prueba la pericia que tengo al volante y de la que carezco para interpretar mapas. Por fin, la pista de tierra nos adentró —con la noche ya encima— en el camino de El Poyuelo, entre los términos municipales de Andújar y Baños de la Encina.
Los anfitriones y el resto de los invitados nos recibieron en el salón principal del cortijo. Acogedora la casa y, más aún, quienes la habitan. Saludos antiguos, alguna cara familiar y el calor del hogar hicieron el resto en una cena original y divertida que servía de pistoletazo de salida a tres días de ensueño.
La finca, bañada por acuíferos, salteada de lomas, repleta de alcornoques y encinas, linda con parte del cauce del río Jándula. El valor cinegético de este paraíso es incalculable, algo que pudimos apreciar en una ruta en coche en la que avistamos gamos, venados, muflones…
—En un mes el paisaje cambia por completo y estará abarrotado de animales —nos comentó el anfitrión ante nuestras miradas urbanitas y atónitas al imaginar que lo que estábamos disfrutando se multiplicaría.
Podría estar horas escribiendo sobre la belleza del entorno, lo cuidado que está todo, el gusto exquisito de las casas, las cuadras y los caballos que viven casi en libertad. Del buen tiempo —a pesar de la tormenta de la noche del viernes—, del verde intenso y del aire puro. Me faltarían páginas para describir los tonos y aromas. Cada paso allí andado lo compartiría con verdadera ilusión.
Me quedo con la generosidad de ellos, de Marisa y José Antonio, que nos abrieron las puertas de su casa y nos hicieron sentir parte de su familia. Así, con naturalidad y sin más adorno que sus dos sonrisas.
