PADRENUESTRO
«Si puedes llenar el implacable minuto con sesenta segundos de diligente labor… tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!».
Así concluye el poema que Rudyard Kipling dejó escrito en 1895 y que tantas veces leí durante la época fea. Fue prácticamente una oración —un padrenuestro— que necesité interiorizar a diario para no caer en la desesperanza ni en la falta de fe en mí mismo.
Luego hubo que reconstruirlo todo y empezar casi de cero. Era necesario. Había que incendiar la estructura y conservar las partes blandas, las insustituibles. Las que albergan el alma.
Hacía mucho que no leía «Si». Sigue siendo perfecto. Intemporal. De esa curiosa actualidad que poseen las obras clásicas, que consiguen que no les patine el tiempo.
Con mi nuevo traje ignífugo —casi de Hombre— he visitado alguna vez más los infiernos. Pero eso, de paso y sin dejarme achicharrar.
Ya sé las teclas que no tocar, conozco los sitios de los que huir y a las personas que mantener a distancia.
Ahora no me queda otra que, desde la cama, camino del gimnasio, montado en la moto o subido en un avión, santificar su nombre, perdonar las ofensas… «Y líbranos del mal».
