EXCESO DE CELO

 

Una mañana, a primeros de julio del 79, Javier y yo nos levantamos temprano para coger el autobús de las diez del club militar, un minibús de color caqui que iba parando por las zonas de Sevilla donde había viviendas del Ejército.

Fuimos los únicos en la parada de la avenida de Manuel Siurot, a la altura de la barriada de Bami. Aparte del chófer, no había nadie más. Nos dio los buenos días y cobró el billete, baratísimo. El suelo aún estaba mojado del manguerazo diario en las cocheras militares, y enseguida enfilamos la carretera de Cádiz, buscando un día de piscina, deporte y diversión.

Nos encantaba llegar pronto, oler el cloro y el césped recién cortado. Esperar a que terminasen de limpiar el fondo de porquería para ser los primeros en darnos un chapuzón. Éramos muy pequeños, pero allí nos sentíamos seguros y nuestra familia era muy conocida.

Al pasar el control de entrada, el conserje —prácticamente nuevo en su puesto— nos pidió los carnés.

—Señor Zapata, se nos han olvidado en casa —dijo mi hermano mayor.

—Sin carné no podéis entrar, lo siento.

—Somos los hijos de Enrique Sabater —insistimos al unísono.

—Sé de sobra quiénes sois, pero tengo órdenes de no dejar pasar a nadie sin carné.

El aire a diversión se disipó de golpe, como si alguien nos lo hubiese arrancado de la nariz. Nos vimos en la calle sin nadie que nos socorriera a esas horas. Desandamos el camino y volvimos por el arcén hasta llegar a casa.

La sorpresa de mamá fue mayúscula. Mientras nuestras hermanas desayunaban, ella preparaba la comida y hacía sus labores con toda la tranquilidad del mundo, hasta que pulsamos el telefonillo, subimos por las escaleras y le contamos lo ocurrido. Enseguida llamó a mi padre a la oficina, que, como un rayo, se presentó a por nosotros y nos montó en el coche de vuelta, esta vez con los carnés en la mano.

—Zapata, usted sabe quién soy yo, ¿no? Y conoce a mi mujer y a mis cuatro hijos, ¿verdad?

—Claro, don Enrique, pero…

—Niños, ¡anda!, id para dentro —dijo papá, muy serio y circunspecto.

Desde la esquina del edificio del restaurante, agazapados, espiamos la discusión.

—Zapata, ¿usted cree que es normal dejar en la calle a dos niños tan pequeños solos?

—Pero… pero… son las órdenes —balbuceó, tembloroso.

—¿Las órdenes? ¡Si tiene usted cojones, salga, que le voy a explicar en la calle cómo se cumplen las órdenes! —contestó papá, con toda la flema militar que conservaba de su graduación de alférez de complemento.

Evidentemente, el empequeñecido conserje no salió de su garita.

Mi padre nos despidió con un beso, entró en las oficinas, puso una queja y volvió a por el resto de la familia para pasar una tarde de verano algo diferente de lo previsto.

La Directiva riñó a mi padre por las amenazas al conserje, al que sí amonestó por exceso de celo.

Desde entonces, cada vez que llegábamos solos, Zapata salía de la garita para saludarnos con afectada simpatía. Nosotros entrábamos con la cabeza bien alta, los carnés en el bolsillo y el orgullo intacto de ser hijos de nuestro padre.

 

Jaime Sabater Perales