HOJA DE RUTA
Tener la sensación de saber por dónde se camina genera cierta tranquilidad.
Últimamente me estoy pegando unas palizas de currar que pa mí se quedan. Es como si, justo al salir a la orilla después del último baño veraniego, me hubiese enganchado una ola enorme que aún no me ha soltado y me mantiene atrapado en un bucle resacoso de operaciones, ofertas, proyectos y otras hierbas que apenas me dejan levantar la cabeza para tomar aire.
Aún siento el salitre y el bañador mojado sobre la piel, y ya huele a castañas asadas por la calle.
El otro día, un cliente —joven y ambicioso como él solo, y que tanto me recuerda a mí cuando era joven, aunque menos ambicioso— me decía, después de recriminarle que me hubiese escrito un WhatsApp tras enviarme un correo, que si ya me había cansado del sector:
—Fulanito, también recibo los correos en el teléfono, no hace falta que me repitas lo mismo por aquí.
—Es que me corre mucha prisa. No quiero presionarte, es solo para que lo sepas…
«No, no me canso de mi trabajo, me protejo de él. Cuando tengas mi edad —si sigo por aquí— me darás la razón», terminé diciéndole, mientras recordaba cuando era yo el paliza que llamaba al destinatario justo después de pulsar el botón de enviar.
Aparte de a Fulanito, tengo a Mengano, a Zutano…, y más o menos todos respiran de forma similar: con las mismas ansias vivas que yo tenía entonces.
Tomo café, almuerzo y veo el telediario —muchas veces grabado— llueva, truene o ventee. Serán siete, ocho o doce las horas que transcurran hasta que apague el portátil, pero no te quepa la menor duda de que la tapa cae. Escribiré el relato el miércoles o lo retrasaré al jueves —como hoy—; este rato de letras y silencio es solo mío, y el domingo publico, sí o sí.
No te preocupes: tu carga sale, tu oferta llega y mi cuarto libro se publica.
Pronto, y si Dios quiere, porque tengo una hoja de ruta.
