EL SÍNDROME DEL OFICINISTA
—Jaime, los vuelos del domingo son caros o tienen escala.
—Ok, ciérrame el del lunes a la una y media canaria y trabajaré esa mañana desde el hotel —le dije a la chica de la agencia de viajes cuando decidí, casi de improviso, que pasaría el fin de semana en Las Palmas.
Y así hice… Y después de unas minivacaciones de viernes a domingo, terminé cenando en un bar de Las Canteras. Me acosté tempranito y, a las ocho de la mañana del lunes, amanecí aporreando el teclado del portátil.
No soporto acumular correos en negrita o deberle cosas a clientes, proveedores o compañeros. Cada día me obligo y no me levanto de la silla hasta tener las tareas a punto. Solo dejo pendiente aquellas que me gusta procrastinar hasta que les pego el zarpazo.
A las doce dejaba el hotel. Una hora antes ya tenía organizado el traslado al aeropuerto. El domingo le eché un buen rato a repasar los correos y los asuntos surgidos el viernes por la tarde. Todo marchaba a su ritmo. Jugué con el cambio de hora y antes de las cinco estaba de nuevo apretando teclas, pero, esta vez, desde el escritorio de mi casa de Sevilla.
«La calle, la calle es donde está el negocio. Sal de la burocracia, levanta la cabeza, busca nuevos retos. Ingenia, piensa, crea…», me digo de continuo. Pero qué sería de mí sin el orden, sin lo mecánico y organizado. Qué sería de mí sin este síndrome del oficinista que me empuja a aterrizar y no me deja que ande por las nubes.
