NI CUENTA

 

Supongo que hoy en día me habrían expulsado, o ni siquiera se me habría ocurrido aquella idea.

Desde muy joven tuve cierta predisposición a buscarme las papas, en vez de conformarme con la tiesura que suponía sobrevivir en la calle con una paga paupérrima que más de una vez brillaba por su ausencia.

Al ser hija de un militar norteamericano, mi amiga Eli Portz disponía de una tarjeta para comprar en el economato de la Base Naval de Rota, en la que estaba destinado su padre. Allí vendían de todo, aparte de latas de cerveza y botes de kétchup.

Mi interés se despertó cuando me contó que también vendían ropa y, a un precio increíble, mis codiciados Levi’s 501. Frente a las ocho mil quinientas pesetas que costaba la versión europea en El Corte Inglés, Eli, por dos mil, conseguía los pantalones.

Después de estrenar los clásicos sin lavar, que eran duros como una piedra y necesitaban la ceremonia de un primer contacto con agua muy caliente y puestos para que encogiesen y se adaptasen a tu cuerpo, metido en la bañera del cuarto de baño pequeño de mi casa, se me ocurrió que podría comprar y vender todos los que quisiera.

Hablé con Eli y aceptó ir una vez a la semana con su padre y, previo pago, traerme los pantalones que pudiera.

Con mis flamantes 501 y una libreta de cuadritos, me dediqué a promocionar la venta de vaqueros de etiqueta roja en el instituto. Enseguida hice un pedido de diez, de diferentes tallas y modelos: azules sin lavar, lavados a la piedra y lavados al ácido. El único inconveniente consistía en que me los tenían que pagar por adelantado, pero era tan sustancioso el ahorro que los vendía como churros.

Le sacaba doscientas cincuenta pesetas a cada prenda y organizaba el showroom en una clase vacía, de estrangis. En cuanto se corrió la voz, cayó el segundo pedido, y por el doble de unidades.

Me creí José Barroso e imaginé una carrera meteórica en el mundo del retail.

Al tercer pedido, Eli me informó de que la Base había cambiado la política del economato y empezó a limitar la venta a un par por cliente y mes.

El primer negocio de mi vida se fue al traste y, con él, mi quimera empresarial.

Allí aprendí que, además de la creatividad y el empuje personal, existen factores geopolíticos fuera de nuestro alcance que pueden llevarte al éxito o al más absoluto de los fracasos. También conocí de primera mano que emprender no es tarea fácil. Pedí disculpas y devolví el dinero a los compañeros del instituto que no recibieron sus compras.

Volví a mis quehaceres estudiantiles y pasaron varios años hasta que me volvió a picar el bicho de los negocios. El de diseño gráfico murió con un cambio político municipal. La tienda de ropa no aguantó la presión del franquiciador.

En medio de este trajín de aciertos y fracasos, la cuenta ajena me proporcionaba un sueldo que me daba para vivir y comer con cierta seguridad, y que, a la vez, asfixiaba mi ambición y mi capacidad de decisión.

Así hasta que llegó la autonomía.

No fue el dinero, tampoco algo tan sopesado. Más bien fue fruto de una condición, de la naturaleza de mi ADN, diría. Ojalá fuese otra mi personalidad, que me tuviese el culo quieto y consiguiese conformar mi espíritu.

Aquello que decían las madres:

—Hijo mío, ¡un sueldo fijo!

—¡Qué va, mamá… ni cuenta!

 

Jaime Sabater Perales