EL QUE PUEDA, QUE EMPATE

 

Cuarta y última carrera del quinto día. 22 de agosto. Ocho y media de la tarde. Siete caballos se disponen a recorrer los mil ochocientos metros de distancia que los separan de la meta. Los jueces dan la salida válida. El comisario encargado, subido a la torreta de llegada, hace sonar la campana con firmeza y fruición, y el público estalla en una ola de griterío que recorre la pista natural desde Bajo de Guía hasta las Piletas, mientras el sol busca el agua de la bajamar para morirse un día más en la estampa mejor soñada para los ojos de este hombre.

Siete cuerpos le saca Mangaken a Mystifield, que le saca tres al tercero y… ¿al cuarto? Sí, han entrado muy justos. El caballo número 1 y el número 2 han pasado la línea de meta en un puño. Los jueces de llegada no lo tenemos claro y no damos siquiera el orden provisional. Parece un empate en el tercer puesto —que tiene premio y apuestas—. Hay que deliberar en la caseta de comisarios. Revisamos el vídeo una y otra vez. Odio dar un empate. No existe en física. Siempre hay una mínima diferencia que ni los medios fotográficos ni el ojo humano son esta vez capaces de dilucidar. Por fin hay unanimidad: empate para el tercer puesto. ¡Es definitivo el orden de llegada!

«Verás, Jaime, la que te espera con los apostantes», me digo al firmar el parte. Todo el mundo opina y cuestiona. «¡Ha entrado antes el 1!» «¡De sobra el 2!» «¡No tenéis ni idea de carreras!» Serán los recurrentes comentarios en el Jockey Club. Así que saco el móvil y le disparo una foto a la imagen que el técnico ha parado justo en la línea de meta. La que solo muestra un caballo y un jinete, como si una imagen fuese una calcomanía sobre la otra. La que es imposible saber que ahí hay dos participantes sin haber visto la carrera, a no ser por alguna pata de sobra del caballo fotografiado. Y me la guardo como escudo, como parapeto ante los que vendrán a cuestionar el «dichoso empate».

Hoy sí me he ganado el gin tonic con creces. Hoy necesito, más que nunca, despojarme del uniforme de juez y vestirme de Pan, de Peter Pan. Los palcos ya vibran y reverberan de gentío y yo me escondo este rato de transición entre la competición y la fiesta. No puedo cambiar el chip de golpe. Necesito sacarme la arena de los zapatos y el estrés del cuerpo. Son unos minutos, los míos. Y luego bajaré con la sonrisa puesta. Así lo llevo haciendo años y funciona.

La gente te ve de arriba a abajo, charlando, saludando a unos y otros, bien vestido, con la gorra calada y la actitud animosa. Y con eso se queda. A mí, sin embargo, me marean tantas conversaciones cruzadas. Más aún algún fumanchú impertinente que se pavonea por todo lo que tiene para esconder sus carencias y complejos inconfesables. Y entonces aparece Pan y vuela y busca a sus iguales. A los Niños Perdidos de la isla de Nunca Jamás.

Sí, me encanta estar con la gente joven. Departir con ellos. Escuchar sus anhelos y proyectos. Verme reflejado en el brillo de sus ojos aún cargados de inocencia. Contagiarme de sus ganas y su fuerza. En mi sitio, pero con ellos.

Y eso hago esta noche. Hasta que acudo a la cola de los baños de la zona de socios. Hasta que le llamo la atención a dos chavales por entretenerse en la puerta de los urinarios y no pensar en los que esperamos. Hasta que se me ponen chulos y se igualan conmigo. Entonces vuelve el adulto y desaparece Peter. Tiro de cordura y serenidad. Aguanto el impulso de sacarlos a tortas de allí y les recuerdo que podría ser su padre.

No funciona. Se suben más a mis barbas… aunque consigo salir del embrollo sin que corra la sangre.

«No puede ser, Jaime. No es tu sitio. El que se acuesta con niños, amanece meado», pienso mientras trato de recomponer mis nervios de vuelta en la barra. «Es hora de irse a casa. Ya está bien por hoy».

El sexto y último día del segundo ciclo de carreras anuncia el fin del verano, de este tiempo increíble de agua y arena sin límite.

Tras la última carrera, tras los palcos y el baile, vuelvo a la zona de socios. Con los Niños Perdidos. Sin Garfio. Dos jóvenes se me acercan. Confundo a uno de ellos con un amigo de mis hijas, pero el otro es él: el más chulito de anoche que estaba dispuesto a pegarse conmigo. Y me piden perdón. Arrepentidos de verdad. Son hermanos y dicen que llegaron a casa pensando en mí y en su actitud deplorable, fruto de las copas. Los dos reconocen su error. Me emociono sobremanera y les doy un abrazo y las gracias.

No, no soy uno de ellos; de vez en cuando me gusta volver allí para saber quién soy, para no perderme entre las olas y los cantos de sirena, para no creerme el primero ni tampoco sentirme el último. Qué queréis que os diga: el que pueda, que empate.

 

Jaime Sabater Perales