LEVANTE

 

El viento de levante en verano sumerge a Sevilla en el más insoportable de los infiernos. Hay que estar aquí para comprender que salir a la calle con el sol fuera esos días es un ejercicio irresponsable que pone en riesgo la salud del más pintado. Esta calma chicharrera, que saca los peores olores de los husillos y derrite el alquitrán de las calles, quita las ganas de trabajar, de comer y hasta de vivir. Por mucho que digan que aquí estamos acostumbrados, no creo que seamos muy distintos a un esquimal ártico, por ejemplo. Ellos se abrigan hasta las cejas y sonríen en la foto. Aquí me intentan hacer una instantánea a 45 grados y le parto la cámara al gracioso.

Esta noche parece que ha saltado el poniente. Muy flojito, casi no movía una hoja. Lo suficiente para que poco a poco haya ido refrescando la ciudad de oeste a este, del mar a la tierra, del sopor al alivio.

Con tanto alivio me he despertado que me he creído en Sanlúcar, hasta que he ido reconociendo el mobiliario del dormitorio conforme entraba la luz por la ventana y en mi cerebro. Esta sensación de no saber dónde está uno, justo al despertarse, aunque algo confusa, me resulta placentera, sobre todo entre semana. Poder abrir los ojos un jueves laborable lejos de casa y desarrollar mi trabajo a pleno pulmón me parece uno de los mayores hitos de la humanidad. No es que me tire todo el año dándole vueltas al globo ni mucho menos, solo que dejar de estar encadenado a la mesa de trabajo me ha hecho más libre y productivo, sin lugar a duda.

De momento hoy echaré el día aquí, en la ciudad de los sueños primaverales. Mañana quizá te coja el teléfono más al sur o te pase la oferta bajo la sombra de la araucaria centenaria. Así, donde me mueva el viento.

 

Jaime Sabater Perales