DOS HERMANAS
El otro día, alrededor de una mesa muy bien atendida y aún mejor pertrechada, cambiábamos impresiones los comensales sobre cuántos hijos nos hubiera gustado tener en comparación con los que tuvieron nuestros padres.
—Mínimo cuatro —defendimos la mayoría, en recuerdo de nuestras infancias felices con una escalera de hermanos con apenas dos años de diferencia entre uno y otro.
—Ya, pero con el ritmo y el coste de hoy no se puede —concluimos las tres parejas que, como la gran mayoría, tenemos dos hijos.
—Bueno, Susana —le dije—, tú tienes siete: los dos tuyos, las dos mías y las tres perras.
Y rompimos todos a carcajadas, muy conscientes del carácter de gallina clueca que gasta mi novia.
Me hubiese gustado tener más hijos. Me encantan los niños —crudos o con patatas—, aprendo mucho de ellos. También de los adolescentes y, últimamente, de las mujeres y hombres jóvenes. De nuestros hijos y sobrinos, de sus amigos…
Disfruto mucho alternando con ellos y escuchando sus proyectos vitales. Cómo les brillan los ojos ante un mundo por delante. Cómo se ríen sin tapujos y te escuchan con verdadera admiración, sin dobleces ni malicia.
Ayer, sin ir más lejos, morí de placer al comprobar cómo mi hija mayor se desvivía por consolar y complacer a su hermana pequeña, que sufría de mal de amores.
Me sobraron todos los hijos que no tuve, envidié no poseer esa conexión tan bárbara, me sentí más orgulloso que nunca y me fui feliz a la cama, dándole gracias a Dios por estas dos hermanas.
