CUENTA CONMIGO
Mi número de la suerte es el siete. Creo que ya lo he contado. Tampoco es que sea yo muy original, aunque me representa y me persigue.
Me gustan los impares, van por libre, no encajan del todo en ninguna ecuación, no se dejan doblegar. Como si estuvieran esperando que algo los perfeccione y los lleve a la simetría.
En concreto, el siete está lleno de aristas. Me resulta poliédrico, rebelde y raro. Por eso me atrae. Con lo sinuosos que son el seis y el ocho, el primo e impertinente siete se cuela entre ellos para dar la nota discordante.
Aparece cuando la cosa se pone interesante y no basta con contar: hay que interpretar.
Días de la semana, colores del arco iris, pecados capitales, notas musicales… Siempre una lista que invita a continuar y a crear, a plantearse por qué no más y por qué justo siete para completar el conjunto.
De ocho horas pasé a dormir dos cuando la ansiedad desbordada visitó mi cuerpo y lo descompuso todo. Del cielo al infierno —cuenta atrás y día a día— casi llego al punto de partida, a la nada, al cero absoluto.
Allí aprendí que cuando todo se puede terminar no queda otra que avanzar, crecer y sumar.
Si hoy duermo poco, mañana dormiré más. Buscaré en mis sueños la redondez del ocho, la perfección que representa.
Y en ese camino infinito —cuando el ocho se tumba— me quedo con el siete, que me regala una hora extra de vigilia en la que aprovecho para pensar, escribir y contar.
