CANTOS DE SIRENA
El viento sopla con fuerza y silba a través de las hojas de las ventanas de mi dormitorio.
La tormenta intenta entrar, y, a pesar de las persianas que no bajan del todo y del aluminio ochentero que se deja atravesar por el frío y el aire, no lo consigue.
Imagino, tras el ventanal, un mar embravecido y una barca sin vela ni luz que la guíe: a merced de las olas.
Desde la atalaya de esta séptima planta que mira al suroeste en el silencio del sol que se resiste y que hoy solo rompe Eolo, me refugio bajo el edredón que me abraza suave. Desde aquí, justo desde el sitio en el que ha visto la luz casi toda mi obra, es donde más seguro y libre me siento.
No seré un anacoreta. No he decidido dedicarme a la oración ni a la contemplación. No huyo de nada. No tengo miedo. El equipaje es liviano y se soporta con donaire.
Equilibrio y mesura. Así consigue el cielo no estrellarse contra el suelo, o que la espiral de la caracola más diminuta encaje a la perfección con el resto del universo.
Proporción áurea. La misma que me lleva a rematar este relato y a no escuchar cantos de sirena.
