ALTA FRECUENCIA

 

«Del lat. frequentia.

  1. f. Magnitud física que expresa el número de repeticiones, oscilaciones o ciclos de un fenómeno periódico por unidad de tiempo».

No, no me he vuelto Einstein ni Newton ni voy a elaborar una teoría cuántica, Dios me libre.

Si la semana pasada mi relato versó sobre la intensidad —la alta y mía—, hoy me decanto por la alta frecuencia: ¡qué casualidad! ¿O será causalidad?

El martes por la noche, después de la reunión semanal con mis hermanos espirituales de la parroquia del Corpus Christi, a cuatro se nos quedó corto el tercer tiempo y rematamos el día con la penúltima en el mítico El Aljibe, que, prácticamente, estaba echando la persiana.

Siento tan mía esta parte de la ciudad que podría echar infinitas horas por aquí sin aburrirme y con una cerveza en la mano. Al final hay que dormir para rendir. También me empujó que tenía que escribir al amanecer. Y así llegué a casa: tarde, pero envuelto en un halo de templanza, regocijo y varias birras.

Como cada noche al meterme en el sobre, le eché el último vistazo a las redes sociales antes de planchar la oreja. El texto diario de Borete —Salvador Navarro— fue lo primero que me saltó y ahí me quedé, de pura intensidad.

Cuando Salva se pone político no le echo mucha cuenta. Si despotrica de su educación cristiana, tampoco. Pero, hijo mío, cómo haces para que me sienta tan identificado contigo en determinados textos.

El del martes trataba de la tacañería, de los roñicas que no solo no se reconocen, sino que hasta presumen de generosos.

Si pudiese rebobinar el tiempo, el martes, con cada punto y cada coma, habría pegado el domingo anterior el texto de Borete en mi muro y con mi firma, y me habría quedado tan ancho.

Es lo que tenemos los intensos, que de tanto brujulear, de vez en cuando nos topamos con personas que vibran justo en la misma frecuencia.

 

Jaime Sabater Perales