EL CUENTO DE LA BUENA PIPA

 

«¿Quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?» —les pregunté una noche a mis hijas antes de dormir.

Después de muchos síes, otros tantos noes y de mis «que no te digo ni que sí ni que no; ¿que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?», las niñas no estaban dispuestas a dormirse sin su cuento.

La paciencia infantil con la que se juega en esta historia estaba acabando con la mía.

El cuento improvisado sobre una pipa blanca, que acabó tostada y salada en un paquete, y que una niña salvó de entre sus dientes al escucharla gritar, dio paso a nuevos relatos nocturnos sobre la vida y aventuras de aceitunas, pepinillos, tomates…, que mis hijas esperaban con auténtica emoción.

Quizá allí comenzó mi afición por contar historias. Durante el día buscaba un rato para detener el reloj laboral e imaginar el nuevo argumento, en medio de un fuego cruzado de llamadas de teléfono y golpes de tecla de ordenador.

Recuerdos, fantasía e imaginación se ponían al servicio de dos sonrisas puras que son mi vida entera.

Aquellas historias orales fueron los cimientos de mis textos, que ahora escribo para vosotros y en los que también busco emociones. Algo que os evada de los problemas diarios y os transporte a un lugar feliz. Como la habitación de mis hijas, en la que ellas aguardaban su gran momento sin ser conscientes de que era yo el que más disfrutaba.

Jaime Sabater Perales