LA ESPALDA DE BALTASAR
Muy de vez en cuando cometo la imprudencia de, a los postres, pedirme un americano con pistolas para no quedarme dormido en la sobremesa. Si se dan cuenta los que me rodean, me miran con cara de «¿Qué haces, loco?» y tratan de disuadirme.
El día de Reyes fue una de esas ocasiones en las que tuve que meterme un chute de cafeína para aguantar el periplo de entrega y recogida de presentes que arrancó la noche anterior con una cena en mi casa después de, a las dos de la tarde, salir a comer al centro, mojarnos un ratito, ver la cabalgata pasar por los jardines de Murillo, cruzar a patas a Los Remedios, tomar una copa, buscar a los niños, movernos de bar, esperar a los rezagados, tomar otra copa y terminar en la esquina de Asunción con Virgen de Luján para verla pasar otra vez entre caramelos, globos, balcones repletos, cantantes espontáneos, carritos de niños, caritas de ilusión y una ciudad de bote en bote que se vuelca a más no poder con sus tradiciones y fiestas.
Si os ha faltado el aire al leer la frase anterior, imaginaos a mí tras estas navidades imparables que empezaron con tropecientas comidas y terminaron con la gincana familiar en casa de mi madre —por segunda vez en el día— a las siete de la tarde.
—Ha sobrado roscón de esta mañana, ¿queréis?
—Un té verde con limón y un poco de sillón ball es lo único que me pide el cuerpo, mamá.
Cuando, por fin, conseguí meterme en la cama, a las once de la noche y bajo mi confortable edredón de regalo, la cafeína aún pululaba por mi organismo y sus chispas estimulaban mis neuronas en un cuerpo derrotado. Aproveché para retomar la lectura de La ciudad y los perros, que tenía atascada de tanta fiesta, y empecé a prepararme para la vuelta a la rutina, con algún cohete trasnochado de fondo, la casa en silencio, mis hijas acostadas y la dulce sensación de haber hecho un poco felices a los míos y haber llegado sano y salvo, otro año más, a verle la espalda a Baltasar.
