… DE CUYO NOMBRE NO QUIERO ACORDARME
Solía decir mi primo Luis que todas mis relaciones de pareja desde el año 84 eran inválidas, porque nunca llegué a cortar aquel noviazgo efímero con aquella chica tan mona de cuyo nombre y dos apellidos no quiero acordarme.
Creo que no conseguí darle un beso ni acompañarla nunca a su portal, y poco después supe que no era yo, sino el hermano de un compañero de clase, con el que aún mantengo cierta amistad y de cuyo nombre y dos apellidos tampoco quiero acordarme, quien realmente le gustaba.
Tras muchos años de haber salido del instituto, la vi venir hacia mí andando por la avenida y, unos metros antes de cruzarnos, la saludé con la mano, le dije adiós de forma efusiva y declamé al viento su nombre y dos apellidos. Ella me regaló una sonrisa cómplice, levantó la mirada y aligeró el paso hacia la parada del autobús que venía buscando.
No sé si a mi primo le serviría esta despedida como forma oficial de dar por terminada una relación tan insustancial, pero yo me quedé muy satisfecho y la di por válida con efectos retroactivos de unos diez años aproximadamente.
Ya por el año 84, a Luis se le notaba a leguas que sería abogado y a mí que no olvidaría, hasta hoy, las anécdotas del pasado ni los nombres completos de tantas listas de clases por las que pasé y de tantos amigos acumulados.
Almacenar datos en la cabeza es algo inconsciente; dicen que están todos ahí, que solo hay que saber encontrarlos. Yo suelo decir —otra de mis teorías— que cuanto más ligero de equipaje vaya el disco duro, más correrá el procesador. Que saberse de memoria —por ejemplo— el nombre de todos los satélites de los planetas del sistema solar no tiene utilidad práctica alguna, al menos si no eres astrónomo y tampoco siéndolo.
Llamadme lunático, pero elijo, sin duda alguna, guardar en la mente y en el corazón a las personas con sus nombres, por mucho que hoy insista en no querer acordarme.
