PASA LA VIDA
«Eucaliptos de Chapina, callejones de Triana, plaza, la de doña Elvira, plazuela, la de Santana». Sí, Pata Negra. Raimundo y Rafael. Los hermanos Amador. La guitarra de uno y la hondura y el ingenio del otro, Rafalillo, que deja una sombra alargada.
No, no voy a hablar de música ni de flamenco ni de blues, ni tan siquiera de rock and roll. No tengo nivel ni autoridad para ello.
No escribo artículos periodísticos ni crónicas funerarias. Más bien me alimento de recuerdos y emociones que voy escupiendo, semanalmente, me coja donde me coja.
El miércoles en Madrid me enteré de la muerte de Rafael por boca de Paco Núñez, el nuevo exjefe y mi próximo prologuista. En una mesa larga, ajustada para cuatro comensales, rodeada de botellas de vino, obras de arte y cachivaches varios. Un local distinto para cerrar negocios sin más espectadores que los tres componentes del equipo que iba sacando viandas a su gusto, maridadas con caldos a cada cual mejor.
El CEO, el responsable de transporte aéreo, el creador de todo y el menda, que fue volando a la capital a falta de otra vía libre para llegar. Cuatro individuos —cada uno de su padre y de su madre— unidos por intereses profesionales y quimeras logísticas.
—¡Coño!, ¿para esto me hacéis venir a Madrid? —dije, entre risas, después de un par de horas de charla literaria, disfrute culinario y una discusión sobre si Ribera o Rioja.
«Ni yo bordo pañuelos, ni tú rompes contratos», citó Paco, evocando a Sabina en la voz de la inmensa María Jiménez.
«¿Qué mejor negocio este que negarlo a favor del ocio?», pensé a mi vuelta a Sevilla montado en el avión.
Pasa la vida, pasa la vida.
