AGUA PARA LOS PATOS

 

«Tengo que beber dos litros de agua al día», repetía cada mañana mientras daba su caminata. Las clases de bicicleta estática en el gimnasio ya no podría realizarlas, pero había que mantenerse fuerte, hacer ejercicio.

Nada de azúcar, nada de lácteos, nada de gluten, nada de alcohol. Nada de nada.

«Primero hay que enfriar para luego atacar», dijo el oncólogo mirándonos por encima de las gafas de cerca.

«¿Enfriar? ¿Atacar? ¡Coño, quítaselo de una puñetera vez!», pensé.

Después de la segunda sesión, la otra médico le ofreció una chocolatina y nos recomendó una terraza al sol y una copa de vino.

No entendíamos nada: azúcar, leche, vino… ¿A quién le haríamos caso?

El dolor inguinal aumentaba. La tercera sesión la dejó con el ánimo por los suelos. El tumor seguía creciendo en sus entrañas, campando a sus anchas.

Aún conservo el sonido del cristal al brindar por la salud, el sabor del tinto y la imagen de aquellas aves en el estanque, que al volar se perdieron de vista, como unos días después la perdimos a ella.

«El agua para los patos. Echa otra copa de vino, pero que no sea tan amargo».

Indio Jerónimo