EL SITIO
Dicen que el cielo no es azul, que se trata de una ilusión óptica generada por los rayos del sol al chocar con la atmósfera terrestre para dispersarlos y volverlo todo de color celeste.
Me mareo cuando pienso en lo infinito; en lo que hay más allá del más allá. Y seguro que sigue. Por eso yo, con lo grande que parece eso y lo chico que resulta esto, cierro la puerta de mi cuarto cuando estoy solo en casa y así sentirme más protegido por la noche.
El cielo también es negro y violeta y amarillo y de un rosa perfecto.
La otra tarde, después de un baño largo —osmótico— en la marea alta sanluqueña, en la propia arena me pertreché como un senderista y cogí camino de La Jara para proseguir con la búsqueda vespertina de mi casa soñada. Quizá esté escondida tras la línea de flora dunar, entre los eucaliptos o junto a uno de tantos carriles laberínticos que siempre te llevan a la orilla. Tal vez ya la encontré y mi ojo no estaba preparado para el flechazo. Yo la sigo anhelando sin prisa, con la ilusión de que llegará a mí como la Gloria.
Ellos, los jareños, no son del todo conscientes de que disfrutan del paraíso. Habitan allí como el que ve llover, como el pasajero del avión al que le toca ventanilla y no salta de emoción al contemplar las maravillas que se le presentan delante de sus narices.
A la altura del Espíritu Santo, nada más pasar la línea de rocas que separa el mundanal ruido del nirvana, el cielo se transformó en otra cosa y lo manchó todo. Traté de mantener la calma, de no dejarme arrastrar por la turbación, y seguí caminando al borde del mar. La espuma ya no era blanca. Me froté los ojos. Tal vez el baño había dejado salitre sobre mis pupilas que distorsionaba la luz. Volví a mirar, y no, el color de la rebaba que deja la ola cuando muere entre los ostiones había cambiado de níveo a algo que nunca había apreciado. ¿Lila? ¿Morado? Algo así. Las rocas que aún conservaban el agua del último chapuzón reflejaban el mismo color. Los cañaverales también se habían roseado.
En mi deambular alcancé a otro viandante acompañado por un perro grande. No me pude resistir y le pregunté que si estaba viendo lo mismo que yo. Se levantó las gafas de sol, miró hacia Chipiona y me devolvió un gesto indiferente. Sería jareño. Estaría acostumbrado. Yo no.
Aunque el faro se vea allí a lo lejos y sea alcanzable, me perderé una y mil veces por la infinita Jara, sin llegar a ninguna parte. Con el sueño y la certeza de estar justo en el sitio.
