ARROZ ERRADO
La historia de mi vida moderna gira alrededor de una paella. Cuando busco fotos en el teléfono, de cada veintitantas que rebobino una es de arroz. Con pollo, con ibérico, de marisco… Tengo para llenar varios álbumes desde aquella plasta pegada e incomestible que fue mi primer intento con el plato estrella valenciano.
Para mí hacer un arroz en paella es motivo de celebración, aunque solo sea porque es domingo y estamos vivos. En aquella ocasión, aparte de promocionar un negocio que empezaba, celebrábamos la amistad, la salud y el trabajo. Y dónde mejor que en la cafetería de oficinas que habíamos convertido en nuestro sitio de recreo; el mítico Birdie situado en los bajos del, no menos histórico, Edificio Sevilla 1, claro ejemplo de Racionalismo, construido en 1972 y declarado, más tarde, Bien de Interés Cultural.
Como en casi todas las cosas siempre me paso de largo, y me atreví con una paella para sesenta comensales que me facilitó el propio Birdie. Si impresionante es el edificio por fuera, no menos llamativos son sus sótanos —por no decir mazmorras— por los que acompañé a Cristina a través de largos y oscuros pasillos hasta llegar a un trastero repleto de cacharros y menaje de cocina industrial, de donde sacamos la gran paella, el rosco y la bombona de butano. Dos tipos de carnes, judías verdes, alcauciles, ajo, pimiento, tomate, caldo de pollo, sal, aceite de oliva virgen extra, romero y arroz redondo, en cantidades suficientes, compré el día anterior para no dejar nada al azar.
La primavera empezaba a despuntar en Sevilla y mucha gente había confirmado asistencia, aparte del aforo natural que el bar generaba a diario. Antes de las dos de la tarde bajé de la oficina para empezar a organizar la comida y saludar a los que iban llegando. La cosa prometía y el bar se estaba llenando hasta la terraza. Llegó el momento de empezar a dorar la carne, pero la boquilla no enganchó en la bombona, y los asistentes acudían en tropel. No había forma de encender el maldito fuego. Cristina, la encargada, ponía cara de póker y, junto con las otras dos camareras, servía bebidas y tapas para distraer al hambriento personal. Por fin localizamos otra boquilla, y a lo MacGyver conseguimos montar el tinglado y arrancar la cocción con más de una hora de retraso, de aquel viernes laboral.
La paella salió en su punto, no quedó ni un grano y llenamos hasta la bandera, pero habíamos errado al no comprobar, antes, que todo funcionaba. Otra vez la «dichosa» improvisación tuvo que salvar los muebles, y cierto regusto a fracaso se me quedó en la boca.
Al lunes siguiente, contando anécdotas de la fiesta, que se alargó con las copas, uno de los dueños de Birdie se acercó a felicitarme con un abrazo: «Jaime, la próxima vez rompe lo que sea. Gracias al retraso del arroz, vendimos toda la comida y vaciamos las neveras de bebidas. Hemos hecho la mejor caja de la temporada».
