¿Y POR QUÉ NO?

 

—Si Argentina, por arte de birlibirloque, hubiera ganado la final, ¿qué habría pasado?

—¡Imposible!

—¿Cómo que no? Imagínatelo.

—Que no, quillo, si les pudimos meter tres o cuatro goles más.

—Tú solo imagínatelo…

La vida está hecha de cachitos de pequeñas decisiones que vamos tomando a cada instante. El simple hecho de tomar café en un bar u otro de los dos que tienes cerca de la oficina puede cambiar tu vida por completo esta misma mañana. Porque te encuentras con alguien que hace tiempo que no ves y te remueve todo. Porque compras allí el último décimo de lotería premiado. Porque, justo al cruzar la calle en vez de quedarte en tu acera, te mata el coche del conductor que llega tarde y se salta el semáforo.

—¡Leñe, así no hay quien viva! ¡Qué angustia!

—¡Todo lo contrario! Es gratificante saber que muchas de las cosas buenas que te pasan tienen que ver con decisiones propias.

—¿Y las malas?

—También.

—Entonces me quedo quieto y así no asumo riesgos.

—Tuya es la decisión. Y tuyas, las consecuencias.

—¿Y la fatalidad? ¿Tú no defiendes que tiempo y espacio son magnitudes relativas? Que ya ha ocurrido todo. Que somos parte de un plan divino…

—Dios siempre por encima, pero las decisiones son tuyas y tuya es la libertad de elegir uno u otro camino: el bueno o el malo, el correcto o el erróneo, el maduro o el impulsivo…

—¡Vamos!, el libre albedrío que predican los curas…

—Por ahí van los tiros. Estamos condicionados por la educación, el entorno, la personalidad, la necesidad, el estrés, el momento. No existe la libertad absoluta. Siempre es relativa. Tanto como el universo. Tan inmensa y diminuta como nosotros. Tan fugaz como esta chapa de filosofía barata que te estoy dando y que quizá influya en la próxima decisión que tomes. Una que, quién sabe, puede cambiarte la vida.

—¡Por las que hilan vas a cambiar mi vida!

—Lo acabo de hacer. Has decidido leerme hasta aquí.

 

Jaime Sabater Perales