LA PENÍNSULA DE LA ALEGRÍA

 

Si echo la vista atrás, muchas de mis lecturas favoritas recogen títulos con una carga enorme de negatividad en sus palabras: Cien años de soledad, Pedro Páramo, Crónica de una muerte anunciada, Casa tomada… El realismo mágico me apasiona. Aunque no sea precisamente el estilo que más te predisponga al optimismo, imagínate cuando te sumerges entre sus páginas cargadas de fatalidad, sueños recurrentes, violencia histórica, el inexorable paso del tiempo, los fantasmas…

Quizá este bagaje me llevó a incluir dos noes en el título de mi primera novela, que de realismo mágico tiene poco: No busques más, que no hay. Como defendía el ensayista sevillano José María Pérez Orozco, la acumulación de negaciones en andaluz te lleva a la más rotunda de las afirmaciones —no ni na—, creo que mi título, robado de una canción de Silvio, expresa un final feliz: «deja de buscar, ya has llegado a la meta».

En esta búsqueda incesante, me he topado con la novela de mi paisano David Uclés: La Península de las casas vacías. Y la he terminado. Sí es artista. Sus páginas no pueden estar más cargadas de musicalidad y puro realismo mágico. Ahora, ¡vaya ganas de viajar a aquel lugar de hermanos enfrentados hasta el más absoluto de los horrores! No cuento más. Ni de lejos pretendo ser crítico literario y menos abrir un debate.

Del título de David, de su afición por el fado, de su Iberia sin nombres ni frontera, me sirvo para viajar más allá del Guadiana. A la tierra de nuestros vecinos lusos. Allí mi hija Carmen ha encontrado su segundo hogar y allí nos arrastra por segundo año consecutivo. Arrifana sonríe al Atlántico desde el acantilado, sin pretensiones. Desde las casas llenas de blanco y azul, en las que Aljezur resuena a toponimia y me acerca a nuestro origen andalusí.

Ya no necesito el portuñol para entenderte, hermano; háblame desde el corazón y rezaré contigo con una copa de vinho verde sentado en el Sea You o disfrutando el más puro sabor de una espetada de frango en el O Sargo de Monte Clérigo.

Dicen que Portugal ya es más cara que España: la gasolina, los restaurantes, las casas… Que ya está todo descubierto e inventado, que se ha perdido la magia.

No me hables de precios, de diferencias, de enfrentamientos y fronteras; de casas vacías. Tiéndeme puentes que crucen ríos y nos lleven a islas verdes, azules o blancas. Llévame a sitios de casas llenas, a lo largo y ancho de esta península de la alegría.

 

Jaime Sabater Perales