DE PASO (2)

 

Cuando la semana pasada me metí en la faena de escribir sobre las araucarias sanluqueñas, en este estilo que mi querido Bernardo Periñán ha calificado como «prosa poética sabateriana» —¡casi na!—, le dediqué no poco rato a la labor de documentación y me harté de leer publicaciones hasta que me topé con un artículo: Poema de las araucarias, de mi admirado y paisano Antonio Burgos. ¿Lo leí en su día? No lo sé. Quizá flotaba en mi memoria y me inspiró el paseo sanluqueño. Estuve tentado de desistir. Aunque «pobre de mí», me dije al compararme con el columnista de Sevilla.

Al final cualquier escritor no es más que un lector compulsivo y curioso que se dedica a copiar lo que lee y a transmitir lo que vive.

Ser espectador en un entorno tan clasista como el sevillano es un buen caldo de cultivo para la creación literaria. Formar parte de una idiosincrasia tan marcada no tiene desperdicio. Sí, la marca Sevilla traspasa fronteras y cala al más pintao, por mucho que despotrique de determinadas actitudes en las que luego caigo sin darme cuenta.

No creo que este tipo de maneras sociales solo acontezcan aquí. Más bien nos diferencia el estilo de llevarlas a cabo y de contarlas, como hacía Antonio Burgos. El rancio clasicismo sevillano trasciende y se pega a los zapatos como el alquitrán recalentado una tarde de verano al sol.

La ambición social en Sevilla es una carrera de obstáculos en la que es mejor no participar. No por temor al fracaso, sino para evitar el ridículo. Y eso no tiene vuelta atrás.

De idas y vueltas escribía don Antonio; de Sevilla, de Cádiz y del puente invisible que las une y llega hasta América.

Yo no puedo evitar ser de aquí e impregnarme de las formas de esta ciudad universal. Por muy espectador que me sienta, por mucho que mire a través de un escaparate, me dejo acariciar por el aire y el ritmo sevillanos.

Eso sí, cuando la tontería rebosa el vaso de mi paciencia, paro el paso, cojo el coche y, sin miedo a imitar al maestro, tiro otra vez para tierras gaditanas y me saco la hiel a base de puestas de sol, baños salinos y copas de manzanilla.

Jaime Sabater Perales