DE PASO (1)

 

Mis paseos jareños han vuelto y con ellos el estado de ataraxia en el que me sumerjo tanto a la ida como a la vuelta. Los diez mil pasos se quedan cortos en mi objetivo estival diario cuando alcanzo el camino de la Reyerta que separa Sanlúcar de Chipiona y marca el regreso por la orilla, con el faro a babor, la puesta de sol en la proa y, al otro lado, el río rompiendo en el mar.

Si además de imaginaros la estampa habéis tenido la suerte de vivirla, entenderéis mejor mi guiño romántico, aunque ni de lejos lo canta un pirata ni soy yo muy octosilábico.

Bromas aparte, sí detecto en mi deambular sanluqueño una presencia recurrente que lleva rondando un tiempo mi mano escritora. Cuando me voy del paraíso las veo por el espejo retrovisor tratando de alcanzar el cielo, pidiéndome que regrese sin apenas haberme ido. A mi vuelta, despuntan por encima de todo, a pesar de estar en mitad de la cuesta donde fueron a morar estas dos gemelas.

Leí hace poco que, si las araucarias tuvieran un álbum de fotos, veríamos paisajes imposibles y bestias extintas de un planeta que ha cambiado como un camaleón. Estas que me inspiran hoy no son tan viejas, aunque sí viajeras y parecen originarias de la isla de Norfolk, en el Pacífico, frente a Australia. Primas hermanas de las que pueblan los bosques andinos, veneradas y protegidas como los monumentos vivos que son.

¿Treinta, cuarenta metros? Rondarán ya esa altura desde que las plantaron o se escaparon de los jardines del palacio de Orleans. Quizá fue don Antonio —en un ataque romántico similar al mío en la Jara— quien mandó construir los alcorques de la plaza del Pradillo, donde crecen. Allí el duque de Montpensier sustituyó el viejo abrevadero por la nueva fuente de mármol para recibir de forma monumental al que sube al barrio Alto.

Estas dos columnas me traen aires transatlánticos y me recuerdan que la piedra más antigua se inspira en un árbol mucho más primitivo, que la naturaleza es la máxima explosión de belleza posible y testigo severo de lo que el hombre hace y deshace, sin darse cuenta de que ella quedará por encima.

Cuando regreso de fiesta sin faroles que me iluminen, perdido entre callejas, desorientado de vino, levanto la cabeza, las busco por lo alto de las azoteas y ahí aparecen sus copas para abrazarme y guiarme a casa entre adoquines que bailan al ritmo de las Américas, para decirme, con los silbidos que el poniente deja al rozar sus ramas, que sí, que ellas seguirán aquí, incluso después de la plaza, después del muro y del hombre. Al menos de este que escribe, a quien las dos araucarias le hacen sentir más libre y mucho más consciente de que aquí estamos de paso.

 

Jaime Sabater Perales