DESPACITO Y BUENA LETRA
Cuando iba a pelarme a Ramón, gerente de la peluquería Gazos de los pisos de La Estrella, me pedía que le contase la historia de Benjamín. Se desternillaba mientras me recortaba el flequillo «lo justo para poder hacerme la raya y que no se me queden los pelos de punta» o me hacía el cuello «recto, sin coletilla».
Me suelo pelar dos veces al año desde que puedo pagarlo de mi bolsillo. No es por ahorrar ni por estética; es simple pereza. Además, siempre me hago el mismo corte y le hago la cruz a quien se desvíe de mi forma de entender un buen saneamiento capilar, sin aspavientos ni modernidades.
En los tiempos en los que el Chorla y yo —el Orejas— parecíamos miembros de una banda de música yeyé o de delincuentes ochenteros, mi madre nos llevó a pelarnos a Benjamín, sin cita previa, deprisa y corriendo.
En el pulcro local de Benjamín nunca había nadie esperando. Con su impoluta chaquetilla blanca sonreía a todo vecino que pasaba por delante y de largo. Nadie se paraba, salvo algún quinto con prisas camino de la estación de autobuses con destino al cuartel para cumplir con el servicio militar.
Benjamín poseía una terrible habilidad para ejecutar un pelado en escasos cinco minutos. ¡Qué barbaridad! ¡Visto y no visto! Casi como los clientes fijos que tenía: uno o ninguno.
La Chelo Perales cortó por lo sano y asumió el riesgo ante la falta de tiempo que le suponía bregar con cuatro hijos en época estival. Aún, después de más de cuarenta años, no se lo he perdonado. Efectivamente, Benjamín nos despachó a ambos hermanos en lo que ella tardó en recoger un pedido de la tienda de ultramarinos. El resultado fue incluso peor de lo esperado. Una catástrofe. Mi padre, al regresar, nos tuvo que mirar varias veces para reconocernos. Benjamín sonreía como si tal cosa, con su pose elegante y esa actitud de quien deja que todo le resbale, mientras mi madre le pagaba cual sicario tras perpetrar un trabajito fino.
¿Cómo podía sobrevivir? ¿Por qué no había cerrado hace décadas? Fueron las preguntas que me hice cuando salí de la depresión en la que me vi sumido ante semejante atropello. Todo lo que cuente es poco, en serio. Al menos no se llevó ninguna oreja por delante en el ejercicio de poda rápida.
«El borrico mal esquilao, a los cuatro días está igualao», repetía mi padre, no sé si para consolarnos o por hacer un poco más de sangre.
—Jaime, Benjamín tiene un secreto —empezó a contarme mi padre un día, años después. Aquella escabechina había quedado grabada para siempre en la memoria familiar.
—La peluquería era prácticamente una tapadera —siguió con el relato—. Benjamín no tiene el más mínimo interés en aprender a cortar el pelo. Cuando en la época de Franco estaba prohibida la venta, él se dedicaba a surtir de preservativos a todos los señores y chavales del Prado y alrededores. Llegaban, se sentaban en el sillón y, por debajo de la capa de corte y sin coger la tijera, Benjamín les pasaba el paquete, pagaban y se iban tan contentos. Se hizo rico y aún vive de las rentas.
Entonces lo entendí todo y me partí de la risa.
Sigo sin perdonar del todo a mi madre por aquello. Ya no existe la peluquería y supongo que el pobre Benjamín seguirá contando billetes desde el cielo.
Desde entonces, cada vez que me siento en el sillón de una peluquería, me viene a la memoria Machado y su aleccionador poema:
«Despacito y buena letra:
el hacer las cosas bien
importa más que el hacerlas».
