«¡SALAMANCA!»
El domingo pasado, de vuelta del Real Club Náutico de Sanlúcar de Barrameda, con una garrafa de combustible vacía en cada mano, las bermudas aún mojadas, una camiseta vieja y algo desbocada, unas zapatillas de correr bastante amortizadas y la gorra de visera del viaje a Londres bien calada para protegerme del sol de justicia del mediodía, caminaba a buen ritmo por el Cerro Falón.
En Sanlúcar procuro no mover el coche una vez que consigo aparcarlo. Primero, por mi naturaleza andarina y, segundo, porque si meterlo en la plaza entraña cierta dificultad, sacarlo exige más cálculos y maniobras que mandar un cohete a la Luna.
El Garmin marcaba ya unos siete mil pasos y Susana me esperaba a la salida de misa, en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, para tomarnos una cerveza antes de comer.
Entonces la vi.
Bajaba por el canalón de un desagüe. Se detuvo, observó a su alrededor con los ojos muy abiertos y prosiguió el descenso.
Yo iba con prisas. Pasé de largo y la perdí de vista.
Pero, en ese instante, volvió el niño que habita en mí.
Me detuve y desandé unos pasos.
Me acerqué al hueco que el canalón roto dejaba a los pies de la fachada y la busqué con toda la curiosidad del mundo. Allí estaba. Una salamanquesa enorme: robusta, grisácea, cubierta de pequeños tubérculos que le conferían ese aspecto prehistórico. Preciosa.
La habría cogido, como hacía con las que correteaban por las paredes de pizarra recalentadas de la terraza de verano del club militar, pese a las advertencias de que si te escupían te quedabas calvo, pero ni lo intenté. Me limité a contemplarla unos segundos.
Al reemprender la marcha miré instintivamente hacia atrás. Un padre caminaba de la mano de su hijo. Ambos habían presenciado la escena. Bastó una mirada entre adultos para entendernos. Los dos habíamos disfrutado contemplando a aquel pequeño depredador en plena faena.
Y mi cabeza volvió a viajar.
Esta vez no tan lejos en el calendario, aunque sí a miles de kilómetros en el mapa. Recordé a una estudiante procedente de Madagascar que llegó a Sevilla para hacer prácticas en mi empresa.
—Antananarivo es la capital de tu país, ¿no? —le pregunté para romper el hielo mientras la recogía en el aeropuerto.
—Claro. Lo habrás buscado en Google antes de venir —contestó con descaro, un fortísimo acento y un español sorprendentemente bueno, convencida de que un sevillano no podía conocer la capital de su país y sin saber que yo aún recordaba las capitales que la Antoñita nos hizo aprender de memoria en segundo de bachillerato.
Al terminar su primer día de prácticas me ofrecí a acompañarla al hotel y a tomar algo por el centro, como gesto de bienvenida.
Aparcamos junto a los jardines de Murillo y nos adentramos en el barrio de Santa Cruz.
—Mi padre tiene la empresa de autobuses turísticos más grande de Madagascar. Por eso estudio Logística.
«Vaya tela con la antananariviana esta de las narices», pensé mientras recorríamos el callejón del Agua con la noche cayendo sobre Sevilla.
De repente se paró en seco.
Soltó el asa del trolley y empezó a señalar, con la mano temblorosa, el muro del Alcázar.
—¡¡Salamanca!! ¡¡Salamanca!!
«Esta niña no anda muy fina. Si estamos en Sevilla, ¿qué demonios pinta aquí Salamanca?», pensé completamente descolocado.
—¡¡Salamanca!! ¡¡Salamanca!! —seguía gritando, fuera de sí.
Hasta que comprendí a qué se refería.
El muro del Alcázar, iluminado por los faroles y repleto de insectos atraídos por la luz, estaba atestado de salamanquesas en pleno festín.
La saqué de allí como pude y, ya más tranquila, apoyada en la barra de Las Columnas con una cerveza en la mano, me contó el origen de aquel pánico.
—Cuando era pequeña me cayó una Salamanca —insistía en su traducción particular del malgache— en la cara mientras dormía. Desde entonces les tengo mucho miedo. Precisamente por eso elegí Sevilla. Estaba convencida de que aquí no existían.
Durante un buen rato siguió hablándome del terror que le provocaban aquellos reptiles —que no batracios— mientras yo la escuchaba entre divertido, sorprendido y con un incipiente dolor de cabeza.
Hay miedos infantiles que nunca terminan de abandonarnos, aunque el suyo me resultara completamente incomprensible: una muchacha nacida en un paraíso salvaje donde sobrevuelan enormes zorros voladores, convencida de que el verdadero peligro estaba en una inofensiva salamanquesa sevillana.
No sé qué habrá sido de ella. Supongo que heredó la empresa de su padre o montó otra de logística por su cuenta.
De una cosa sí estoy seguro: aquella salamanquesa nunca llegó a escupirle. Porque, por mucho trauma que arrastrase, de tonta no tenía un pelo.
