PURIFÍCAME
Si no fuera por los calores que estamos sufriendo, ni por asomo hubiera tenido conciencia del cambio de estación, de la llegada del solsticio de verano y de todos esos rituales de purificación, protección y renovación que lo acompañan.
Siempre me cogen en bragas estos acontecimientos telúricos que tanto afectan al devenir de las cosas mundanas, o al menos esa siempre es mi sensación: que llego tarde y con todo por medio.
Sin motivo aparente, esta semana he roto mil papeles de mi escritorio y he ordenado otros tantos. También he recuperado las hojas de una contabilidad personal que tenía por ahí arrumbada. Tratando de aclarar determinadas cosas y con la mirada puesta en el horizonte, he contado lo que me queda en la alcancía —como si de una cosecha se tratase— después de soltar el lastre que guardaba para los que administran nuestra hacienda. Sin ser del todo consciente del ciclo que sale y del que entra, he alejado algunas rencillas estancadas en el corazón y he borrado fotos antiguas que ya no tenía sentido mantener en la retina.
Y así, una retahíla de asuntos he arrancado en modo automático, sin un porqué. Movido quizá por un instinto natural, arrastrado seguramente por la inercia del movimiento antihorario e inclinado que sigue la Tierra alrededor del astro rey y sobre sí misma, en esta lucha universal contra el paso del tiempo.
Soy parte de un todo excesivamente grande para comprender e imaginar. Tengo algunas certezas, dibujo trazos torpes de lo que realmente mueve el orbe y da sentido a mi existencia.
En lo pequeño está lo grande, estoy seguro. En medio de esta luz cegadora, de los días más largos, trataré de acercarme a lo correcto con actos concisos, sin aspavientos, con humildad. «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya», dijo San Juan Bautista sabiéndose precursor del más grande de todos los hombres.
Y desde lo diminuto de mi ser, me descalzo, bajo a lo terrenal y grito:
«¡Verano, espérame, que sí, que ya estoy listo!»
