ALTA INTENSIDAD
El polifacético don Demetrio, en quinto de EGB, lo mismo impartía matemáticas que inglés; también dibujo artístico. Por aquella época yo no solía bajar del sobresaliente; en dibujo, reproduciendo las láminas de Emilio Freixas, era el mejor de la clase, sin ninguna duda.
Don Demetrio, que aparte de listo tenía su puntito de flojeras, me nombró «responsable de apoyo al alumno» en clase de dibujo, mientras él se quedaba sentado. Me lo tomé tan a pecho que me pasaba la hora de banca en banca aconsejando a cada compañero sobre cómo dibujar las crines de un caballo o cómo conseguir que las fauces de un león pareciesen más realistas. Me coloqué una bata blanca imaginaria y me sentí doctor en artes plásticas.
Tal fue mi entrega que don Demetrio me destituyó en seguida de mis funciones, dejó la plaza vacante y me invitó a no levantar la cabeza del pupitre hasta que sonase la sirena.
Yo no entendí nada, la verdad. Estaba más que convencido de que mi labor suponía una aportación fundamental para el desarrollo artístico y creativo del resto de compañeros.
«¡Ay mísero de mí, y ay infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo».
Y ahí seguí, rueda y ruido, justificándome ante la incomprensión de los pobres mortales, incapaces de ver que, prácticamente, yo era el camino, la verdad y la vida…
Entre la autoestima y el friquismo existe una delgada línea roja, que a veces atravieso adrede y para mi propio escarnio. Jugar con la excelencia, la exposición pública, lo profundo y lo banal es un ejercicio de funambulismo que me encanta practicar.
—Jaime, hemos pensado que actúes como speaker en la maratón sobre la cubierta del portaaviones Juan Carlos I a favor de la ONG Paz y Bien —me comunicó por teléfono Juan Luis, con todo el boato y la trascendencia que el ofrecimiento suponía y que él enfatiza tan bien.
—¡Sí a todo! —confirmé sin pensarlo ni medio segundo. Y mi mente voló a tiempos pretéritos donde profesionales de la voz adornaban las salidas y llegadas de encuentros deportivos, para que me sirviesen de inspiración.
—¡Lo vas a bordar! Elena te pasará el guion con las empresas participantes y demás…
La prueba fue un éxito. Emoción a raudales, mucha difusión, el Reto Pichón en su apogeo… y yo desgañitándome sobre la cubierta del Juan Carlos I.
Estoy convencido de que Elena y el propio Juan Luis —en algunos momentos de la prueba, durante la que no callé ni un instante— se sintieron don Demetrio y se arrepintieron de haberme otorgado el cargo; pero el micro ya era mío, y de mi intensidad, esta vez, no se libraba nadie.
