LA RESISTENCIA

 

La báscula se resiste a bajar del dichoso capicúa que te aleja del peso de los años mozos. Subir sube sin acritud alguna. Con cierta alegría, incluso. Ahora, esta cuesta empinada hacia la quimera juvenil resulta insufrible: rutinas de ejercicios, ayunos intermitentes, dietas salidas de novelas de ciencia ficción, entrenadores personales, youtubers iluminados…

En el momento en que te interesas —después de un verano excesivo— por volver a los kilos de antaño que ni por asomo conseguiste en la operación bikini, te asaltan, a cada paso en la telaraña social, tropecientos mensajes para recuperar aquella foto que conservas en la retina y que nunca volverá.

Lo único que vas a lograr es que se te ponga cara de acelga, te quedes sin culo o cojas una depresión. Eso sí, el michelín seguirá ahí impertérrito.

Tú dale caña, asústalo con fajas vulcanizadas, ‘abominables’, ungüentos sudoríferos, infusiones desengrasantes y contorsionismos varios, que ya verás como te saca la lengua y una enorme sonrisa por debajo del ombligo.

Tampoco es cuestión de alimentarlo o abandonarte a la morbidez. Solo acéptalo como las canas o las patas de gallo que te dan ese toque tan interesante.

Claro que te gustaría marcar tableta de chocolate, adelgazar mientras duermes o hartarte de comer y que te dijeran: «hijo mío, ¿¡dónde lo echas!?». Pues, ¡qué va, chaval!, asúmelo: el flotador que te quitaron de niño al aprender a nadar ha vuelto para quedarse.

Lo curioso es que, de tanto buscarlo, en el fondo no deseas aquel cuerpo enjuto y asustado: un mar de dudas hecho hombre que desconocía qué le iba a deparar la vida, qué cara tendrían sus hijos o cuándo y cómo se irían sus mayores.

Por fin, cuando la báscula coge el camino de regreso hacia el ser ideal, opones toda la resistencia del mundo, pegas el salto al presente, sonríes, te echas otra copa de vino y brindas por que la curva de la felicidad se quede contigo.

Jaime Sabater Perales