SIN PIJAMA

 

No recuerdo la última vez que tuve un pijama, la verdad. Lo primero que hago cuando me levanto por las mañanas es pasar por la habitación blanca y salir escamondado de ella. Después me visto —ya sea lunes, domingo, salga a la calle o teletrabaje— y así me quedo hasta que me vuelvo a la cama por la noche para dormir, a no ser que haga deporte ese día y me cambie, sobre todo para no desentonar mucho nadando en la piscina o en clase de ciclismo interior.

Unos calzoncillos de tela y una camiseta de algodón de mangas cortas son mis atuendos para pasar la noche durante todo el año, ya haga un frío polar o nos azote una ola de calor sahariano. La ropa de cama es la que marca el cambio de estación, y, aunque me está empezando a sobrar el edredón estos días, voy a esperar al cuarenta de mayo para quitarlo, que nunca se sabe…

No sé qué es lo qué es pasar un día en pijama o cambiarme para estar más cómodo al llegar casa. No uso bata ni batín ni, mucho menos, esa cosa rara que anuncian por ahí como la «batamanta», que, aparte de algo cómico, me resulta el colmo de la ordinariez y una prenda un poco cochina.

Que me disculpen los fabricantes de pijamas, esquijamas y demás atuendos y complementos para facilitar el sueño y el descanso domésticos. Que nadie, tampoco, se sienta ofendido por mi disertación sobre cómo ando por casa o por qué no entiendo eso de ponerse ropa de deporte para estar tirado en un sofá viendo la tele toda la tarde o para ir a tirar la basura. No se trata de una decisión personal ni de algo que haya sopesado sesudamente, más bien consiste en una adaptación natural marcada por mi ritmo de vida y personalidad; casi algo evolutivo en el que los calcetines de felpa o las zapatillas con formas de cabeza de animales se han ido extinguiendo de mi existencia.

«Vestido de calle y con la maleta siempre hecha», eso aprendí de algunos de mis mayores para activar el intelecto, disipar la pereza, evitar contratiempos y no echar demasiadas raíces que luego cueste mucho sufrimiento arrancar.

«¡Venga, camastrón! ¡Pega el salto ya!»      

Jaime Sabater Perales